Un rodeo

Ropa sucia de campaña

n Sobre los problemas de la ingenua integración cultural

 
Ropa sucia de campaña
Ropa sucia de campaña  

EUGENIO SUÁREZ En Francia, donde suelen tomarse a chirigota con talento, las cosas más serias, suelen emplear la canción popular para esos desahogos y así las críticas dejan las cosas en su punto. Me ha revoloteado una cancioncilla, que, por su brevedad, transcribo, dejando a los conocedores del idioma que saboreen su origen. Dice así, escrita de memoria:


«Quand un soldat sen va en guerre il a,/ dans sa mussette'l´bâton de maréchal./ Quand un soldat revient de guerre il a / dans sa mussette un peu de linge sale»


O sea, que el bastón de mariscal que prometía Napoleón se reducía, en la mochila, a un puñado de ropa sucia. Es una manera de tratar este viejo y desacreditado sistema de resolver los grandes problemas. Los militares que, bajo pabellón español, vivaquean por Afganistán, en el fondo apenas los sentimos como cosa propia. La ministra del ramo, cuando matan a uno se cree en la obligación de pegarse el palizón para ir a recoger unos restos que no precisan de su ayuda. Caras serias, paso de la oca, tan ridículo y al que nos estamos acostumbrando y la ceremonia de condecorar unos ataúdes que, en muchas ocasiones, siguen viaje, ya como mercancía común, hacia el lejano país de los difuntos. Como en tantas otras cosas, se nos ha birlado la verdad, con el jeroglífico semántico de que aquellos combatientes defienden una enseña y unos intereses, legítimos si interesan a la Humanidad, pero que, en su mayoría se trata de mercenarios que, engañados o no, les suben a un cuatrimotor de transporte y les depositan en arenas remotas, con un armamento deficiente y unos medios que no se corresponden con lo que han de enfrentarse.


La guerra tiene mal cartel y así resulta difícil afrontarla con moral de victoria. Los mismos Estados Unidos, que sacrifican a sus jóvenes nacionales en cantidades considerables, se ven obligados a ese tejemaneje de tropas, cuyas motivaciones se han perdido en la confusión. Hace un par de días leí que el Congreso de los EE.UU ha destinado 1.700 millones de dólares en la compra de aviones de transporte C-17. Una futesa, dirán, al lado del abrumador derroche, pero resulta que esos aviones son innecesarios y que posiblemente se han adquirido porque su fabricante, la Boeing, con sede en Chicago, está en el pueblo de residencia de Obama y de buen número de funcionarios de la nueva administración. Pequeñeces, que le dejan a uno perplejo.


Hay que admitir el liderazgo de una nación, en este caso la norteamericana, con implicaciones en todas partes, las más de las veces para defender y tutelar bienes estratégicos, como el petróleo, que no deben estar en manos irresponsables. Desechamos la tontería de que ahí hay un negociete para los yanquis, cuyo precio es demasiado alto. Eso es de tontos de casino, si es que quedan. La energía nuclear y la de cualquier tipo debe estar controlada, especialmente cuando un ancestral enemigo de Occidente está sentado sobre lo mayores yacimientos, dispuesto a contratar los cerebros que sean necesario para la fabricación de las más letales bombas. ¿O es que habría que pensar que el que quiera bombas de hidrógeno y pueda pagárselas es tolerable que las tenga?


Hace mucho tiempo que se ha perdido la conciencia de que los seres humanos vivimos enfrentados y que la supervivencia es cuestión de fortaleza. Nunca comprenderé por qué diablos insistimos en que los islamistas sean como nosotros, vistan como nosotros, consideren al otro sexo como nosotros y abandonen, voluntariamente, ese feroz aguijón de rencor que es el Corán para quienes no son fieles. Vivimos odiados y si no pagamos en parecida moneda tenemos dos opciones: una muy corta, presentar la única mejilla que nos queda libre para que nos la hinchen de otro guantazo; o establecer áreas de viabilidad donde el que no quiera no se vea obligado a vivir entre sus confines. Espinosa cuestión, pues parece, desde el comienzo de los tiempos, que los árabes nunca han estado contentos en sus tierras y su historia o ha sido otra cosa que una galopada invasora para arrasar y despojar a quienes disfrutan de otros bienes. Hablando seriamente, alguien le diría al autor de la ocurrencia de la alianza de civilizaciones que se compre unas babuchas y se vaya, dejándonos en paz. ¿No van sus hijas de góticas transilvanas?. ¿No se empeña Leire Patín en ser senadora?. Preguntas que no sé contestar. Lo cierto es que la maniobra es milenaria y ahora se repite sin apenas retoques. En la España visigótica, antes de dar el salto a la Península, por el comprensible cabreo del conde don Julián y el triste destino de su infeliz hija, parte de la zona andaluza, superando Toledo, estaba invadida por millares de árabes que comerciaban, se relacionaban e incluso mezclaban con los ya cristianos. Cuando deciden pasar la caballería, ya tenían gran parte del camino hecho y creo que, en el cuadro de conjunto significan realmente poco aquellos dulces y cultivados príncipes agarenos, tan bien reproducidos más tarde por la Metro Goldwing Mayer, tañendo dulces instrumentos musicales en las tibias noches granadinas y cordobesas. La verdad es que, mientras, cristianos y judíos tenían que trabajar sin reposo en beneficio del invasor, que tenía la mano realmente dura para hacerse obedecer. Perdonen lo esquemático, pero el espacio no da para más.


¿Cuántos árabes viven en Europa? Desde hace siglos, los que se escondieron cuando sus correligionarios llegaron a Poitiers por un lado y cercaron Viena por el Este. Aquello no les salió bien, pero son pacientes y entienden la vida de una forma muy distinta a la nuestra. Es curioso que los occidentales que se pasan al Islam -desde Lawrence de Arabia a Juan Goytisolo-, sean tan pocos y crean más apetecible aquél género de vida, en lo que son muy dueños. Pero el muslim que planta por aquí la tienda no es fácil de desarraigar. No se integra, no le interesan nuestros hábitos, aparte de los teléfonos móviles, los rólex, la tele y los automóviles, cosas que jamás fabricaron en sus países.


Mientras, soldaditos de diferentes orígenes, mueren bajo nuestra bandera y la ministra recoge sus despojos y quizás, la ropa sucia que hubiera en sus mochilas.

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