JAVIER GANCEDO
De nuestro corresponsal, Falcatrúas.
Entre los lectores asiduos de estas crónicas, los más resistentes se acordarán de la viuda de Bildeo, Duvigis, aquella que parecía haber nacido viuda, hija de otra viuda, y que tenía cuatro rapacinos que ya apuntaban cualidades. Bueno pues este demonio de muyer acaba de ser nombrada por Ramón el Tumbao y sus afines «agujero negro» del concejo.
Todos conocemos personas así, que absorben la energía de los que tienen alrededor, gente egoísta, pesimistas por naturaleza, que llevan de nacimiento una inclinación para atraer lo negativo de la vida, un imán de problemas, que luego acaban por reparar sus familiares y amigos, haciéndose cargo de sus pufos espirituales y materiales.
Según los vecinos, cualquier objeto, animal o pertenencia, que tenga la desgracia de permanecer unos momentos en las proximidades de Duvigis es absorbido por la susodicha. Sin ir más lejos, estaba hace poco Manolón Fardel baltando un fresno para sacar unas l.latas que necesitaba para cerrar una finca y dejó el hacho arrimado a la portilla de un prado de Duvigis. Cuando fue a buscarlo un rato después, encontró el sitio. Esta muyer transgrede a diario esa ley que dice que «la materia no se crea ni se destruye: sólo se transforma». ¡Sí, por los collons! Con Duvigis cerca, las cosas pasan en un momentín de estar a no estar; menuda transformación.
Entre las desapariciones recientes se cuentan numerosas ferramientas, fierros de cabruñar y un serón; pero también falta ganao menudo: unas cuantas pitas, un braquín y la oveya que tenían reservada los de García pa'l día la fiesta. El toro de los de la Llábana, cada vez que pasa junto a casa Duvigis lo hace trotando y dando cornadas al aire, sabe Dios por qué. También se ignora el paradero de un maderista de la parte de Tineo que andaba a los carbachos, entró a tomar café en casa de Duvigis y de él nunca más se supo. La Guardia Civil anduvo investigando, entraron en casa las viudas y acabaron riñendo con ellas, querían a toda costa que dejaran un fusil naranjero a los rapacinos, pa que jugaran un puquiñín.
Si sólo se tratara de estas desapariciones, tendría un pasar, pero es que este fandango de muyer no para de llorar lástimas. Crúzase con alguien, y con el cuento de que ye viuda y tién que mantener a los sous rapacinos, échate tal llorada que no queda más remedio que darle lo que lleves encima, por no oíla. Personas así, deberían tener prohibido enviudar, son un coñazo.
Sin embargo, el agujero negro que puede suponer Duvigis no es nada, comparado con lo que se ve a diario por ahí; el mismo Bildeo y concejos similares, considerados agujeros negros que siempre andan miagando subvenciones y gastos sin beneficio de retorno, son versiones reducidas de lo que programan otros teatros mayores. Miren a ver si en su ayuntamiento no aparecen concejalillos que nunca la vieron tan gorda con el chollo de un sueldazo y un traje, léase cargo, que les queda muy grande. Les confiamos durante cuatro años los intereses del municipio, de sus habitantes, y a las primeras de cambio ya están defendiendo lo que sus partidos les dictan desde Madrid o desde Oviedo, da lo mismo, pero que no fue lo acordao. Son agujeros negros nombrados por nosotros.
Y si quieren ahorrarse un disgusto, no se les ocurra comparar los requisitos exigidos en las oposiciones para cubrir vacantes de funcionarios de los ayuntamientos con los que se exigen para ser concejal o alcalde.
Por otra parte, los ayuntamientos grandes necesitan proyectos faraónicos o desproporcionados, verdaderos agujeros negros devoradores de recursos, que anulan otras posibilidades de desarrollo y que suelen corresponder a la voluntad política de los mandamases, más que a necesidades reales de los votantes.
Volviendo a Duvigis, hubo un tiempo en que se le perdonaba casi todo por sus aportes al cachondeo imperante en Bildeo en la época en que llegó al pueblo la luz de Hidroeléctrica. Anteriormente, y durante décadas, el pueblo había vivido entre luces y sombras, sobre todo sombras, producidas en una central eléctrica propia, allá abajo en el río. Los voltios, como en una carrera de espermatozoides, subían por el cable penosamente hasta el pueblo y cuando los más decididos alcanzaban las bombillas, estaban tan exhaustos que los filamentos no llegaban a luciérnagas. Duvigis, con la llegada de la luz de verdad, compraba sin parar bombillas en casa de Francisco el Taberneiro, que andaba escamado, sabiendo que Duvigis era una roña del carajo. Al preguntarle por qué tanta bombilla, ella farfulló algo incomprensible, pero menudo era Francisco: dejose caer por casa de las viudas y acertó a ver a la madre dando escobazos a la bombilla del portal hasta que la apagó y los cachinos de cristal quedaron esparcidos por el suelo.
Seguiremos informando.