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La Arena teje su memoria

La asociación cultural «Garabuxada» editará un libro que recogerá las vivencias de las rederas del concejo

 
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La Arena teje su memoria
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San Juan de la Arena,

Ignacio PULIDO

La asociación cultural «Garabuxada» rindió tributo ayer en La Arena a cinco rederas de la localidad sotobarquense. Las reunió para dejarlas hablar, para que rememorasen su labor de antaño. El colectivo arenesco pretende editar un libro en el que se recojan todos estos testimonios, memoria viva de un oficio ya desaparecido en el puerto pesquero y que llegó a emplear a unas veinte personas durante las décadas de los años sesenta y setenta del siglo pasado.

Hace apenas cinco décadas, la flota pesquera de La Arena estaba integrada por unas treinta embarcaciones. Hoy ni siquiera una decena de lanchas amarran en el puerto. Conchita Álvarez recuerda perfectamente cómo eran aquellos tiempos. «Aprendíamos el oficio con nuestras familias. Empezábamos en casa con un trozo de red al que hacíamos agujeros para después arreglarlo», señala Álvarez, que comenzó a trabajar en el muelle con doce años de edad. «Salía de la escuela e iba a adobar redes. Mi primer sueldo fueron tres pesetas», subraya.

Cuando Álvarez comenzó a ejercer su labor, en el Cantábrico aún faenaban barcos de vapor. «Las embarcaciones llegaban al puerto y sus patrones se ponían en contacto con una señora que se llamaba Clemencia. Ella era la encargada de distribuir el trabajo entre todas las rederas», explica Álvarez.

Una vez organizadas las labores, las rederas se dirigían a cada barco para trabajar. «En ocasiones las redes se rompían de un extremo a otro. Las había que arreglar en el día. Trabajábamos desde las nueve de la mañana hasta las dos de la tarde», comenta Gloria Fernández.

Las mañanas transcurrían de barco en barco. «A pesar de movernos en un mundo de hombres, nunca nos faltaron. Comíamos muchas veces con los pescadores en las lanchas. Los vascos nos daban marmita», recuerda Conchita Álvarez que añade que «durante la costera del chicharro los aparejos eran muy grandes y se trabajaba en la rambla del puerto a la intemperie». «Nos ponían un toldo pero cuando llovía nos mojábamos igual, aunque lo compensábamos tomando un poco de vino blanco de casa Caredo», sonríe.

En otras ocasiones, la labor se realizaba en los almacenes próximos al puerto. «Hacer redes nuevas nos llevaba unos ocho días. Se unían varios paños y luego en las cabeceras se colocaban trozos con mallas de mayor tamaño. Finalmente, se "trayaban" con plomo y corcho por los lados», describe Álvarez, que concluye su relato subrayando que siempre tuvieron buenos armadores y que nunca tuvieron problemas al cobrar el trabajo.

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