Juan C. GALÁN
Primero de enero de 1959. Fidel Castro, al frente de sus leales combatientes, hace su entrada en Santiago de Cuba, a la que nombra capital provisional del país. Unos días más tarde, entra victorioso en La Habana. La revolución cubana, fraguada en la espesura de la Sierra Maestra, había triunfado. El dictador Fulgencio Batista había sido derrocado. Medio siglo más tarde, aquel movimiento de insurgencia que prometía libertad al pueblo cubano se ha convertido en un régimen absolutista, con una fuerte oposición desde el exilio y con la rémora del bloqueo norteamericano como aislante del exterior. Fernando Álvarez Balbuena, licenciado en Derecho y doctor en Ciencias Políticas, mostró ayer en el palacio de Valdecarzana su particular visión sobre los 50 años de historia de la revolución cubana, en una charla que sirvió para abrir el ciclo «Efemérides» que promueve la Sociedad Económica de Amigos del País.
Balbuena inició su disertación con un aviso para navegantes: «Esto no es un mitin político ni una justificación de nada. Es sólo un relato histórico», señaló el ponente, que, no obstante, justificó la decisión de un grupo de estudiantes y de militares de sublevarse contra Batista. «El nivel de corrupción del Gobierno era terrible», señaló el doctor en Ciencias Políticas, que subrayó que con Batista «quien realmente mandaba en Cuba eran los americanos».
El triunfo de la revolución trajo consigo la nacionalización de las industrias cubanas, la mayoría en manos estadounidenses. La expropiación del sector azucarero, de largo el más rentable, fue, según Balbuena, el detonante de la ruptura de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, un hecho que aún hoy condiciona la acción política en esa parte del mundo. «La actual situación de bloqueo es, en realidad, el resultado de una falta de entendimiento mutuo. El bloqueo no es más que una justificación que Fidel Castro utiliza para aferrarse al poder», afirmó Balbuena.