SAÚL FERNÁNDEZ
Los actores son malabaristas: disfrutan con el más difícil todavía. Por regla general, tienen una alta concepción de sí mismos. Y es natural: cada noche se suben a un escenario y se prestan al escrutinio de los espectadores... Trabajan para los demás y en los demás encuentran sus virtudes y también sus infiernos. Los actores se marean cuando hablan de sí mismos y el problema es que hablan muchas veces de sí mismos... Los actores son como los escritores, necesitan que les quieran... y en esta búsqueda del amor propio se llevan el cuchillo a los dientes. El aplauso es la llave de la gloria. «Piedras en los bolsillos» es una tragicomedia sobre la vida declinada de los actores, un espectáculo que se estrenó en España el viernes pasado en el teatro Palacio Valdés y que se fue de la ciudad como había llegado, con timidez desbocada, con una frialdad que se tendrá que calentar en tanto que la gira de la obra que protagonizan Tejero y Villagrán se ponga a girar de verdad. Los espectadores avilesinos son los primeros en probar la tarta y no siempre la crema se encuentra en el primer bocado.
La función del viernes sigue la estela del redoble con salto mortal: dos actores, dieciséis personajes, siempre sobre el escenario. La obra la escribió Marie Jones, una actriz irlandesa de carácter que interpretó a Sarah Conlon en «En el nombre del padre», la película de Jim Sheridan sobre «Los cuatro de Guilford». En el año 2001 se llevó el premio «Laurence Olivier» a la mejor comedia. Tejero y Villagrán se trajeron la función a España y antes de anoche la entregaron a los espectadores. Muchos productores españoles salen de safari por los circuitos extranjeros para lucir en sus paredes montajes de relumbrón, cargados con los aplausos que sonaron en Broadway, en Londres, en París... Parecen pensar que lo que triunfa fuera, triunfará dentro.
«Piedras en los bolsillos» es un texto exigente: dos intérpretes nada más tienen que dar vida a demasiados personajes. Este tipo de propuestas son las que prefieren los actores -gustan de temblar sobre la cuerda- porque muestran las armas con que cuentan en los escenarios; estos montajes se convierten en desfiles armados en la plaza Roja. Este es mi poder... Darío Fo fue una procesión de 17 personajes en «Misterio bufo», Alec Guiness dio vida a ocho personajes en «Ocho sentencias de muerte», Peter Sellers le puso la sonrisa a tres más en «Teléfono rojo»... El más difícil todavía incentiva la creación de los actores, pero no la de los espectadores. Los prodigios actorales se quedan en nada si se enfría al público.