EUGENIO SUÁREZ
Mi adolescencia fue truncada por la Guerra Civil, apenas iniciada, lo que me priva de experiencia y autoridad para hablar de los seres humanos que hoy transitan por tan fugaz y pasajero estadio vital. Quiero decir que a los 17 años me encontré aislado de la familia, en medio de aquél bochinche y teniendo que resolver los problemas diarios e inmediatos como un adulto, suponiendo que en mi caso habría más gente en iguales o parecidas condiciones. No hay más memoria que la singular y la suma de todas, al ser heterogéneos los componente, no puede dar sino resultados parciales y equívocos.
En aquellos tiempos fumaba y mucho, apenas salido de la niñez. Bebía algo de vino y el espantoso aguardiente que, a veces, se facilitaba a los soldados para estimular su ardor guerrero y alguna cerveza con los ya crecidos compañeros de estudios. Y me gustaban mucho las mujeres, de una forma democrática, sin distinción de edad, aspecto físico o posición social. No conocí princesas altivas ni ruines pescadoras, pero el abanico era amplio, si bien los resultados fueron modestos y rara vez se correspondían con mis deseos.
Con la fastidiosa realidad de una guerra civil fui un joven como otros, independizado por la fuerza de los hechos, con necesidad de trabajar para sobrevivir, pero con parecidas ganas de fiesta y diversión que cualquiera. Mucho han cambiado los tiempos pues las muchachas y muchachos nos reuníamos y el fin más importante era perder de vista a los compañeros y diluirnos en el campo, en un cine, en cualquier parte, con la persona -generalmente del sexo opuesto- de la que con tanta frecuencia nos enamorábamos. Por eso comprendo mal este afán gregario de la juventud, que parece no encontrar distracción si no va en manada para escuchar música estruendosa, beber malos licores y hacer la pascua, en la medida de sus posibilidades, al resto de la población civil.
Estos días hemos leído la pretensión de los jóvenes socialistas convertir a Avilés en un Lourdes o un Las Vegas o el Vaticano del «botellón», como si beber a la intemperie y a deshora fuese un derecho constitucional. No ha habido épocas históricas en las que la juventud hablara en plural de sí misma; era una coyuntura transitoria que, ¡ay! duraba muy poco, edad en que el tiempo que con más preocupación se conjugaba era el futuro, que surgía, entre los varones, a los 20 años y la obligación de la mili y, entre las mujeres, una ancestral convención de entender el matrimonio como un fin y una misión en la vida. Hoy es una situación efímera, con salidas hacia el divorcio o la muerte violenta a manos de la pareja, lo que no puede considerarse como progreso.
¿Cómo se dio el primer paso hacia el «botellón»? De los bailes de salón, patrimonio primero de la aristocracia, luego de la burguesía y después de la edad juvenil en los guateques de la posguerra, nunca fue el alcohol el eje o el pretexto para reunirse. La gente se juntaba para bailar, acariciarse, prolongar situaciones más complacientes, pero durante muchos años la sed se satisfacía con la sangría, de escasa graduación, el «cup», que era una sangría presuntuosa. En nuestra Asturias, aparte de los «asaltos» espaciados, tuvimos las romerías, donde se imitaba el equilibrio de las vacas bailando un «agarrao» en la pendiente del prado. Pero aquello -como recuerdo- era el prólogo de otra actividad, que no siempre se llevaba a término.
El «botellón» -superlativo estúpido y degradante- puede proceder de la carestía de las «bôites» o discotecas, para la maltratada economía juvenil, y la irrupción de preadolescentes, especialmente entre las muchachas, que apenas con doce años y el primer sujetador se lanzan a una concurrencia que hasta entonces no contaba con ellas. Y la inclemente codicia de algunos taberneros que desnaturalizaron y envilecieron las reuniones facilitando bebidas de infame calidad, que emborrachaban y deterioraban los tiernos esófagos de la clientela. Escuché de labios informados, que, el menos en Madrid, Barcelona y ciudades y pueblos importantes, se planteó, deliberadamente, una conexión entre el estruendo de la música, pasada de decibelios, con la ingesta de alcohol y drogas para poder soportar aquél ataque acústico con serios problemas inmediatos de enajenación.
Para continuar el negocio se abrieron las puertas de la calle, con la culpable negligencia de la Policía Municipal -de sus dirigentes, quiero decir- que no cortó de raíz el atentado contra los vecinos. Y apuntaba en el debe de los habitantes, la desolación y emporcamiento de las áreas ocupadas por tanta gente para quienes la sanidad, higiene y limpieza del entorno no significaban nada. Tras cada viernes, las brigadas de limpieza cosechan la siembra de botellas vacías, latas, restos humanos, animales y vegetales, con un gasto añadido sólo tolerable si, como dijo una ministra, el dinero no fuera de nadie.
No creo que aquél tipo egocéntrico, rencoroso y ambicioso, el llamado «viejo profesor», Tierno Galván, fuera el culpable de todo, pero su maldad intrínseca debió prever las consecuencias de enviar a todos «al loro» que, en realidad, quería decir, con desprecio, que se fueran a hacer puñetas. Difícil situación que necesitaría mucha más inteligencia y energía que las disponibles para atajar una realidad que se ha escapado de las manos de la autoridad competente. Lo que me niego a aceptar -con el escaso valor que pueda tener mi opinión- es que emborracharse, molestar al vecindario y ensuciar la vía pública sean derechos inalienables de la juventud.