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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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JAVIER GANCEDO De nuestro corresponsal,
Falcatrúas
A la hora de titular esta crónica, había dos opciones principales: «El Ogro» o «Caridad». Desde luego, «Ogro» resulta mucho más atractiva que «Caridad» para captar la atención de los lectores, todos guardamos en la memoria historias de ogros y es sabido que los personajes malos suelen dar más juego que los buenos; un ogro ejerce en un niño una atracción fatal, mezcla de embeleso y pesadillas empapadas con meadas de terror.
La alternativa, un nombre tan virtuoso y caritativo suena a meapilismo, a reparto entre los pobres y con intervención religiosa de lo que sería de justicia; realmente, al escoger el nombre de Caridad, la intención era la de destacar en esta historia la figura heroica de una mujer (*). Desgraciadamente, la gente de Bildeo sólo recuerda al «Ogro», por esa malformación mental que tenemos los humanos de apreciar a lo largo de la historia a los tiranos antes que a otras personas más positivas.
Pues sí, en Bildeo tuvimos un ogro. Algunos lectores andarán rezongando por la cantidad de cosas que pasan aquí: que si son inventos, que si este concejo va a resultar el ombligo del mundo, que si tal y que si cual. Colasón fue el ogro de Bildeo y durante treinta años hizo lo que le dio la gana, abusó de todos los que estaban a su alcance y en todos los sentidos: de su mujer, de los vecinos y de las vecinas, de los animales y de las animalas. (**)
Colasón era de Ca'l Compango, un caserón hoy en ruinas comido por los espinos y las ortigas, que tuvo mucha pujanza hará ochenta años, con una historia repetida en numerosos pueblos: un indiano que vuelve con perras, en este caso por el atajo de vender en algún país sudamericano las propiedades amasadas por su padre, pone negocio y se hace dueño de casi todo el pueblo. En este caso, lo de ogro le venía al pelo por su físico imponente y su proceder carente de escrúpulos, de hecho nunca fue admitido como un miembro de la Cofradía de Nuestra Señora de la Santa Fesoria.
Caridad fue la mujer que más lo sufrió, casose con ella un día en que no tenía otra cosa que hacer y ella era una chavalina de pueblo impresionada por aquel mozarrón tan grande, dueño de un comercio amueblado con estanterías atestadas de mercancías, de largos pasillos entre sacos, barricas y hatos de herramientas. Si pasaste fame desde que naciste y ves que puedes disfrutar de abundancia, cásaste y lo que haga falta. ¿Qué otras calamidades puede haber peores que la de tar famiento a todas horas, y no disponer de lo más elemental, pa vestir y calzar? Pues sí, hay otras calamidades peores, pero eso apréndese tarde, cuando ya escogiste la vida que querías.
Su segundo hijo lo tuvo Caridad en una cueva cercana al pueblo que había ido preparando muy pobremente con un jergón de narvaso, una rudimentaria cocina con paredes de piedra para calentar agua, almacenada en unos cacharros. Ella sola se arregló para todo a la hora de parir. A las pocas horas de dar a luz, se acercó a una casa del pueblo, habló unos momentos con la vecina que le abrió y le entregó la criatura, antes de que la mujer reaccionara y cerrase su boca llena de asombro. Este segundo hijo se crió en aquella casa, como si fuera nacido en ella. Caridad acudía a dar de mamar a su criatura durante unas semanas, hasta que poco a poco fue espaciando las visitas.
Con su tercer y cuarto hijo, alumbrados en solitario en la cueva mencionada y en una cabaña respectivamente, Caridad repitió la misma operación: los dejó en sendas casas, al cuidado de vecinas que ella había seleccionado previamente, donde se criaron como uno más de la familia.
La respuesta a esta conducta tan extraña de Caridad, de dar a luz en condiciones tan penosas y de renunciar a sus hijos, que no se enteraban de que ella era su madre hasta que eran mozos, si sus padres prestados se lo querían decir, estaba en el nacimiento de su primer hijo, en casa. Al preguntarle una vecina por qué esa barbaridad de alumbrar sola en una cueva, en aquellas condiciones, ella respondió mirándola intensamente:
-Para que no me pase de nuevo lo de la primera vez.
(*) Absténganse de sofitos emocionales las endechas feministas; no se trata de movimientos liberadores, sino del recuerdo de una mujer abnegada.
(**) Absténganse igualmente de sofitos los palizas de la verborrea hueca, que nos aburren a todos. Simplemente separamos los géneros para adjudicar los abusos por especialidades, no por seguir la moda estúpida y políticamente correcta de distinguir entre trabajadores y trabajadoras, ciudadanos y ciudadanas, estudiantes y estudiantas.
(Continuará).
Seguiremos informando.
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