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De la Escuela de Arte de Avilés al Museo del Prado

Eva Dapena y Arancha Sierra se sienten «privilegiadas» por haber hecho prácticas en la pinacoteca madrileña

 
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Arancha Sierra, delante de la Escuela Superior de Arte.
Arancha Sierra, delante de la Escuela Superior de Arte. ricardo solís

E. CAMPO

El Museo del Prado, la gran pinacoteca madrileña, fue la «escuela» durante unos meses de dos jóvenes asturianas recién tituladas en restauración y conservación por la Escuela Superior de Arte de Asturias. Eva Dapena Zapico trabajó en el taller de escultura, mientras que Arancha Sierra lo hizo en el de pintura, justo en el momento en que se estaba preparando la exposición que más personas llevó al museo, la retrospectiva de Sorolla. Estas prácticas se enmarcan en los acuerdos de colaboración que la Escuela de Arte tiene en marcha con distintas instituciones, con el objetivo de preparar a sus alumnos y facilitarles su incorporación al mercado laboral.

Eva Dapena Zapico inició su tarea ayudando en la restauración de algunos marcos destinados a la exposición de Sorolla, aunque luego ya se centró en piezas del siglo XIX que se están comenzando a exponer ahora al público, gracias a la ampliación del Prado. Arancha Sierra, que estuvo más tiempo vinculada a la preparación de esta muestra, se considera una afortunada por haber llegado justo en ese momento. «La retrospectiva fue muy exitosa, era realmente increíble ver las enormes colas que día a día aguardaban en la entrada del museo con la misma expectación que para el estreno de una gran producción cinematográfica, para poder ver de cerca la calidad, la luz y la enorme sensibilidad que derrochan cada una de las obras del artista», destacó.

Dapena también participó en labores de traslado y ubicación de piezas en los depósitos del museo que debido a la ampliación del recinto han tenido que ser recolocadas. Por último, también tuvo la posibilidad de preparar y analizar muestras en el departamento científico. «Dentro de nuestra formación también se incluía la observación no sólo del organigrama del taller y todo lo que conlleva, sino también aprender de las restauradoras, asistir a conferencias, charlas y demás eventos que se realizaran dentro del Museo y que pudieran contribuir al desarrollo de nuestra profesión», indicó la titulada. Y para eso, asegura, es un aliciente fundamental estar tan cerca de las obras que componen la colección del Prado.

«Confieso que llegué al museo con ciertos prejuicios; los becarios solemos ser los parias dentro de cualquier institución que nos acoge, los que reparten el correo, el café y tareas que otros han dejado aparcadas durante demasiado tiempo», explica Dapena Zapico. Sin embargo, en el Museo del Prado no fue así: «Nos pusieron a trabajar en obra real desde el primer instante en que cruzamos el umbral de la puerta, todavía estábamos intentado convencernos de que aquello era cierto cuando empezamos a trabajar como uno más». La joven también destaca el buen ambiente del taller de escultura, el departamento técnico y el científico, que funcionan como una pequeña familia. «He vivido una experiencia enriquecedora tanto personal como profesionalmente», asegura.

Tanto o más entusiasmada se muestra Arancha Sierra, que habla de «enorme privilegio» el haber podido trabajar con obras de tanta calidad, conociendo de primera mano los criterios y la metodología de actuación del Museo del Prado. «Desde el departamento de Restauración de Pintura del museo pude colaborar en intervenciones puntuales de las obras en préstamo así como ver, de primera mano, la labor del restaurador en las exposiciones temporales». Sierra destacó especialmente la tarea del «correo», que es el especialista encargado de velar por la integridad de la obra durante todo el proceso de traslado.

Además de participar en la exposición de Sorolla, Sierra también colaboró en intervenciones de restauración de óleo sobre lienzo para la exposición de Maíno, que se inaugura este mes. «Es la práctica en definitiva lo que lleva a uno a poner en práctica toda la teoría vista en la carrera. Expone al estudiante frente a problemas y retos tangibles que no sólo le demandan el dominio de conocimientos técnicos sino también habilidades para trabajar en equipo, planear el tiempo de actuación, tolerar la presión... En fin, competencias imprescindibles en las que hay que afianzarse», subrayó la asturiana.

Ahora, de nuevo en Asturias, Sierra asegura que es gratificante ver cómo volvió con la maleta cargada de conocimientos, experiencias, sensaciones e ideas que renuevan ilusiones. «Todo eso me ayuda a explicar y sentir por qué escogí esta profesión», concluye.

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