JAVIER LOZANO
INSPECTOR DE LA POLICÍA LOCAL DE AVILÉS
Un reconocido psicólogo clínico publica estos días un interesante ensayo. Tras analizar durante décadas a sus pacientes, se encuentra en situación de afirmar que la edad difícil para el ser humano comienza alrededor de los 7 años y se extiende hasta los 70. Justifica tal razonamiento en dos premisas básicas: hasta los 7 años, uno no se entera de nada; pasados los 70, uno prefiere no enterarse. Punto razonable... ¿verdad?
Si alguien nos pregunta cuál ha sido la etapa de nuestras vidas que nos ha resultado más difícil, es probable que muchos no coincidamos. Si es a nuestros padres a quienes se pregunta qué etapa de nuestras vidas les ha marcado a ellos, la respuesta es prácticamente unánime: nuestra adolescencia.
Difícil calcular la intensidad de las emociones que quedaban tras la puerta de casa, cuando se cerraba a nuestras espaldas. Salir a esas edades no sólo era una aventura para nosotros; nuestros padres también lo vivían intensamente. ¿Volverá pronto, acompañado, enamorada, decepcionado, exultante, abatida? Pero... ¿volverá, al fin y al cabo? Anhelos juveniles y desvelos maduros, de padres a hijos, y así una generación tras otra.
El tiempo nos dice que adoptar una actitud meramente contemplativa no parece ser la clave del éxito para ser nombrados los padres del año y tampoco garantiza que nuestros hijos, que esperan ocupar y defender su propio espacio vital, lo consigan en entornos que ni conocemos, ni nos inspiran confianza.
La protección personal es una condición del instinto humano, pero en una sociedad en la que a menudo el aparato institucional garantiza nuestra seguridad de forma gratuita e irrenunciable, no percibimos con nitidez las situaciones de riesgo. Quizás estamos acostumbrados a que otros se ocupen de protegernos, pero no es una costumbre saludable.
La formación dirigida a reconocer y evitar situaciones de riesgo debería integrarse en el diseño curricular desde las primeras etapas educativas. La interiorización de pautas de autoprotección, basadas en el conocimiento de técnicas de respuesta ante una eventual agresión física constituye un mecanismo eficaz para garantizar el disfrute de nuestros derechos, pero también para consolidar nuestra autoestima. Cabe preguntarse si es razonable que el cultivo de la seguridad personal, valor inherente a un Estado de derecho, ha de tener o no cabida en el proyecto educativo global. Como antecedente debemos destacar el encomiable esfuerzo llevado a cabo por todas las instituciones para integrar la educación vial, otro apéndice de la prevención personal, en los niveles primarios del aprendizaje.
La apuesta decidida por fomentar la autoprotección, a través del desarrollo de actividades lúdicas, deportivas, culturales o de ocio, que promuevan el conocimiento y la experiencia en materia de defensa personal, y la interiorización de conductas que reconozcan y eludan situaciones conflictivas que pueden surgir en nuestro entorno cotidiano, constituye un ejercicio saludable que puede ser compartido a todas las edades.