Juan C. GALÁN
El poblado de pescadores parece un tablero de «Monopoly» desde que la Cofradía «Virgen de las Mareas», propietaria del barrio, decidiera poner a la venta las viviendas, respetando, eso sí, el derecho a seguir de alquiler en el caso de aquellas personas que tienen los papeles del arrendamiento en regla. Para muchos, una forma de especular. Para otros, una injusticia. Para la mayoría, el réquiem del barrio. En todos los casos, un motivo para opinar y seguir engordando una polémica que desde hace casi una década no conoce tregua. El hecho de que la cofradía perdiera el pasado mes de mayo el control de la rula -y con ella su principal fuente de ingresos- ha venido a acentuar la intranquilidad de los ocupantes de las casas del No-Do, sumidos ahora en la incertidumbre inmobiliaria. «¿Qué va a pasar con estas casas a partir de enero?», es la pregunta recurrente.
A poco que se les saque el tema, los vecinos desatan su lengua y hacen patente su indignación. Sin embargo, frenan su locuacidad cuando se les menta que algunos de los propietarios de las viviendas son ajenos a la pesca. Ni siquiera descendientes de marineros. Una condición, la de albergar a los pescadores, bajo la que el Instituto Social de la Marina construyó el barrio en los últimos años de la década de 1940. «No estamos de acuerdo, pero...», señala el más atrevido, pero un telón de prudencia se corre cuando toca hablar de los presuntos «intrusos» que moran en el No-Do.
No obstante, la indignación es palpable. Algunos vecinos afirman que se sienten engañados por «Virgen de las Mareas». «El Instituto Social de la Marina le cedió a la cofradía las viviendas, pero con el paso del tiempo ésta, en vez de dárnoslas como fundadores que fuimos del barrio, y como pasó en todos los poblados de pescadores de la cornisa cantábrica, resulta que nos las quiere vender para sacar aún más dinero. Esto es una especulación», señala Pedro Solís, socio fundador de la Cofradía «Virgen de las Mareas» y directivo de la asociación de vecinos del barrio.
En efecto, la Cofradía «Virgen de las Mareas» es la única de todo el norte de España que no cedió las viviendas a los pescadores, que se sienten «propietarios morales» de las casas. Primero, la cofradía puso el barrio como prenda hipotecaria y, más recientemente, debido a sus limitaciones económicas, decidió poner a la venta los edificios, aunque con distintas condiciones: así, los socios de la cofradía tienen preferencia a la hora de adquirir la vivienda a un «módico» precio. También, los descendientes de marineros. La tercera vía es el libre comercio. «Hay gente ajena al poblado que ha comprado la vivienda a nombre de socios. Otros la ponen a la venta ellos directamente. Todo está muy descontrolado», señala Antonio García Montes, vecino del No-Do, aunque no socio de la cofradía.
La decisión de «Virgen de las Mareas» de soltar lastre inmobiliario ha caído como una bomba en el No-Do, varios de cuyos vecinos llevan pleiteando desde 2003 para conseguir gratis la vivienda en propiedad. Sin embargo, la población del barrio está fragmentada. Los socios de la cofradía se muestran, de momento, tranquilos, aunque con matices. «En la rula empieza a comentarse que nos van a presionar para que dejemos las casas», señala José Merino, socio de la cofradía, desde su ventana de la calle del Galeón. «De momento, estoy tranquilo. Si la cosa va a peor, sabemos que las asociaciones de vecinos y nuestros abogados nos van a defender», añade.
Las palabras de Merino dejan el camino expedito a la sombra de la especulación. Alguno lo da por hecho. «Tenemos miedo, claro que tenemos miedo. Cualquier día se nos presentan aquí las grúas y se lo llevan todo por delante», señala Pedro Solís. «¿Especulación? Ya la hay. Las viviendas pertenecen a los pescadores, que fueron los que construyeron el barrio, pero la cofradía las ha puesto en venta al mejor postor. A eso yo lo llamo especular», comenta otro vecino, que opta por mantenerse en el anonimato.
Y es que una de las últimas premisas impuestas por la Cofradía «Virgen de las Mareas» es terminar con el privilegio de herencia que tenían los descendientes de los primigenios moradores, todos ellos pescadores. Así, si un hijo o una viuda de pescador fallece, sus descendientes ya no podrán disfrutar de la casa. La vivienda quedará vacía, a la espera de posibles compradores. «Casi todos los vecinos somos muy mayores y lo que quiere la cofradía es esperar que muramos y que las casas queden vacías para venderlas», lamenta uno de los primeros inquilinos que tuvo el No-Do.