Saúl FERNÁNDEZ
Los nombres de las calles marcan el carácter de las ciudades. Los honores dispuestos en las placas que bautizan las vías públicas explican el alma contenida por la historia. Las calles, por regla general, se nombran con personajes o circunstancias que de una u otra manera dejan huella en las ciudades. El problema radica en que quienes determinan la huella marcada cambian con demasiada frecuencia. Justo Ureña, cronista oficial de la villa y autor de, entre otros libros, «Avilés y sus calles», considera oportuno una revisión del callejero del municipio, una revisión que, a su juicio, debe contar «con la mayor ecuanimidad posible entre los personajes y sus méritos».
Ureña establece tres categorías en el callejero: nombres reconocidos, nombres olvidados y, en tercer lugar, nombres injustamente ubicados. Así, en el primer caso, el cronista oficial menciona calles como los de la Ferrería, la Fruta o la Cámara. «Debería estar prohibido cambiar el nombre de la Cámara», sentencia, en referencia a la carrera onomástica de la principal vía de la ciudad (General Franco, José Manuel Pedregal...) En el apartado de los nombres olvidados por la historia Ureña cita, entre otros, dos casos muy distintos: el del filántropo francés Émile Robin y el de la terrateniente, nacida en Grado, Demetria Suárez. El primero, presidente del banco de París, donó a la ciudad a comienzos del siglo pasado una lancha insumergible para el salvamento de náufragos valorada en 15.000 pesetas y estableció dos pensiones: una de 200 pesetas para el patrón del barco, y otra de 100 para «el socorro de cada esposa, recién parida, de los miembros de la tripulación». La segunda, como Julia de la Riva, donó al concejo los terrenos para hacer una calle. «Pero pudiendo vender las fincas colindantes. Nada más», explicó el cronista.
Uno de los caballos de batalla de Justo Ureña, durante muchos años, ha sido siempre el de reubicar de acuerdo con los méritos conseguidos a los personajes señeros de la historia de Avilés. Así, el marqués de Teverga -responsable, entre otras cosas, de la llegada del tren a Avilés- debería contar con una calle en el centro de la ciudad y no en el polígono de Las Arobias, donde actualmente se le recuerda. Algo similar le sucede al compositor Ramón Garay, «el músico más destacado de cuantos dio Avilés nunca», según Ureña. Tiene calle, pero en El Reblinco: «No parece el lugar adecuado», asegura.
Justo Ureña, asimismo, sostiene que, en algunos casos, los nombres del callejero honran a personajes con escasos méritos avilesinos. Así menciona las vías dedicadas a La Pasionaria o a las Brigadas Internacionales. «Poco tienen que ver con la historia de la ciudad. La Pasionaria fue diputada por Asturias, pero si tuviéramos que recordar a todos los diputados por Asturias?», comenta el cronista. En este mismo caso se encuentra el conde de Guadalhorce: «un ministro de Primo de Rivera que arregló muchas carreteras, pero no sólo en Avilés, por todo el país».
El cronista considera adecuado un lavado de cara al callejero de la ciudad y para eso propone que se tenga en cuenta la historia de la ciudad. «La manera de obrar debería ser la que se siguió cuando cambió la calle de Sánchez Calvo del centro de la ciudad a una bocacalle de Julia de la Riva. La vía que dejó junto a la plaza de Carlos Lobo se volvió a llamar de Los Alfolíes (almacenes de sal medievales) y a Sánchez Calvo se le reubicó en un lugar cercano al casco histórico», recuerda Ureña. En este sentido, los vecinos de Miranda lanzan su propuesta: la plaza de Santa Ana, la del centro del pueblo, debería volver a ser el Campo de Santa Ana, el nombre que tuvo siempre. El único problema es cuando empieza ese «siempre».