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El Ogro y Caridad

n Una historia triste de abusos en una época gris salpicada de necesidades

 
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El Ogro y Caridad
El Ogro y Caridad  

JAVIER GANCEDO De nuestro corresponsal, Falcatrúas.

La semana pasada quedábamos en que Caridad se casó con el Ogro, un indiano joven que volvió rico a costa de su padre a darse la buena vida en Bildeo, como si no hubiera por lo menos dos o tres lugares mejores en el mundo. Al año del casorio, con la barriga prominente, la gente apreció que Caridad desinfló de un día para otro, pero no hubo cría alguna, fue un parto misterioso; la leyenda del ogro comedor de niños circulaba por Bildeo como la explicación más lógica. Con el tiempo, fue pariendo hijos por cuevas y cabañas y dejándolos en distintas casas del pueblo.

La madre frustrada, ¡más frustración que la de renunciar a criar a sus hijos!, se arreglaba para suministrar ayudas con la regularidad de un contable, alimentos, ropa, calzado, algún dinero, de modo que la cría de los chavales no fuese una carga para las familias «de acogida», no hará falta decirles que este término también se acuñó en Bildeo.

Esa fue la constante de la vida de Caridad: compensar de una u otra manera las burradas de Colasón, su marido, que pasaba olímpicamente de hijos, de mujer y de responsabilidades; sólo se dedicaba a lo que le daba la gana. A todo esto, se preguntarán ustedes qué ocurría con el ogro, si se enteraba, o no, de aquellos alumbramientos, si notaba que le sisaban dinero y mercancías.

El ogro tenía manga ancha para determinadas cosas, con tal de que no le molestasen. Veía trajinar a Caridad a todas horas y sin quejarse, que era lo que contaba: la comida estaba puesta puntualmente, la ropa preparada, la tienda funcionaba? Todo lo demás, le importaba un carajo. Bajaba a Oviedo cuando se lo pedía el cuerpo, pasaba unos días de francachela y vivía la vida a tragos largos, sin problemas de conciencia, sin reparar en nada ni en nadie. El que la barriga de su mujer aumentara y disminuyese a temporadas, no parecía importarle gran cosa, ni preguntaba por ello.

Otra parte tenebrosa de esta historia triste, es la de los abusos de Colasón en las épocas de gran necesidad, especialmente desde 1934 hasta 1950. Algunas mujeres quedaron sin maridos o novios que eran alistados, parte de ellos no volvían nunca, otros se pudrían en la cárcel, si escapaban se hacían de los maquis, más prisiones, el paredón, es decir, se pasaban viudas unos años o toda la vida.

Y allí estaba Colasón, dispuesto a ayudarlas en lo que hiciera falta, con comida, algo de dinero, lo que más se necesitara? a cambio del peaje correspondiente, claro está. Si el necesitado era el paisano de la casa, el asunto se arreglaba con alguna escritura de propiedad que pasaba a las arcas del ogro, alguna vaca que cambiaba de cuadra, según, todo era negociable.

Durante unos meses, Bildeo quedó en zona republicana, vinieron en embajada los de la CNT, UGT y otras Tés de Comités impronunciables, a confiscar mercancías del comercio del ogro para dar de comer a los camaradas. Colasón, nada tonto, negoció con los cabecillas menos salvadores del proletariado y más proclives a llenar la faltriquera propia, no le resultó muy caro, y con unos litros de aguardiente, algunos regalos y un par de noches memorables en un conocido cabaret ovetense, ganó tiempo hasta la llegada de la columna de León que puso orden en la zona. Colasón también supo agasajar generosamente a los vencedores, mandos del ejército, algunos curas castrenses (hoy serían ayatolás fanáticos), falangistas y cabecillas de diferentes pelajes.

Mientras tanto, Caridad hacía la guerra caritativa particular, facilitando bajo cuerda comida y algo de dinero donde veía que había más necesidad, sin pedir nada a cambio. Era como una monja, la cara buena del ogro, la bella y la bestia. Pero cómo somos los humanos: tras la guerra y la dura posguerra, húbolos que la metieron en el mismo saco que a su odiado marido, alegando que trataba de salvarse ante las nuevas autoridades

Hacia 1950, Colasón desapareció camino de Barcelona, donde dicen que financió algún movimiento independentista. Uno de sus hijos no declarados marchó tras él; otro, murió al explotar una bomba perdida en el monte; el último, siendo un adolescente embarcó para México, se supo de él cuando regresó como Saúl, el Indio.

Caridad los había visto crecer en casas ajenas, pero siempre tenía en su pensamiento al primero, aquel que nadie conoció. Una noche huracanada del otoño de 1962, se derrumbó con gran estrépito el caserón donde vivía, el antiguo comercio lleno de estantes vacíos. Los vecinos acudieron con candiles y buscaron entre las ruinas hasta llegar a su habitación: el piso superior, al desprenderse, había formado un plano inclinado haciendo de tejado y preservando de la lluvia de tejas y cascotes la cama donde yacía la mujer, dormida para siempre.

Seguiremos informando.

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