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Relevo generacional en la siderurgia
 

Los «güelos» del acero asturiano

Marcelino Armesto y Ramón Martínez Campo son de los pocos trabajadores en activo de Arcelor que trabajaron en tres o incluso las cuatro acerías que tuvo la empresa

 
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Marcelino Armesto y Ramón Martínez Campo, con la acería LD-III de fondo.
Marcelino Armesto y Ramón Martínez Campo, con la acería LD-III de fondo. ricardo solís

Francisco L. JIMÉNEZ

Los «güelos» del acero asturiano viven en la comarca avilesina, adonde llegaron casi en pañales de la mano de unos padres de los que heredaron el oficio de siderúrgicos. Ramón Martínez Campo, nacido en Pravia en 1955, se crió en el barrio de La Luz con la silueta de la Fabricona recortada sobre el horizonte. Marcelino Armesto, natural de Santa Eulalia de Oscos, donde nació en 1954, hizo lo propio en Llaranes, prácticamente a la sombra de los gasómetros. Uno y otro se formaron en la Escuela de Aprendices (17.ª promoción), si bien el de Pravia optó por la rama eléctrica y el de los Oscos por la mecánica. El destino los unió en la mayor «cantera» de siderúrgicos que ha tenido España -de hecho incluso estrenaron la última de las sedes que tuvo el centro, el de La Toba- y probablemente los mandará también para casa con pocos días de diferencia dentro de un lustro, cuando la prejubilación ponga fin a sus días de siderúrgicos y un relevista propicie el relevo generacional.

Pero la casualidad también quiere que, en estos momentos, ambos siderúrgicos compartan la curiosa condición de ser de los pocos empleados de Arcelor en activo que han trabajado en al menos tres acerías, las cuatro que llegaron a funcionar en el caso de Ramón Martínez Campo, todo un hito para quien ingresó en la plantilla de Ensidesa cuando era un chaval de apenas 19 años.

El primer destino de los imberbes aprendices Martínez Campo y Armesto fue la acería Siemens, de la que aún se conservan en el polígono de la ría sus chimeneas y parte de la estructura de la nave. El primero de ellos estuvo un año en aquella acería, la primera que tuvo Ensidesa, y el segundo, sólo siete meses. La puesta en marcha de la entonces modernísima LD-I implicó el traslado de los dos trabajadores, una movilidad que en el caso de Martínez Campo volvería a repetirse cuando arrancó la LD-II y que concluyó para ambos con el arranque en 1988 de la acería LD-III, la única que sigue abierta en la actualidad. Después de tanto peregrinaje laboral, ninguno de estos dos siderúrgicos rechaza que le cuelguen la etiqueta de «güelos» del acero asturiano, una condición que asumen con buen humor y sin atisbo de inmodestia.

Las carreras profesionales han llevado a Ramón Martínez Campo a la categoría de maestro y a Marcelino Armesto a la de oficial, si bien ambos han desempeñado o aún tienen otras actividades por las que son quizá más conocidos que por su trabajo en la acería. Martínez Campo es concejal de Hacienda de Castrillón por el PSOE (hace años lo fue también de Pravia) y Marcelino Armesto, «Mecho» en el mundillo deportivo, fue un destacado pivote del Grupo Covadonga cuando el equipo gijonés militó en División de Honor y ahora está dedicado a la actividad sindical como delegado de prevención laboral de UGT.

Martínez Campo compagina la política con los turnos de la acería, y bien mal que lo lleva. «Que todavía no se haya contemplado la fijación de un coeficiente reductor de la edad de jubilación para quienes trabajamos a turnos es algo incomprensible», critica, mientras Armesto -sindicalista en el fondo- asiente con prudencia.

A diferencia de ellos mismos, sus hijos no han hecho carrera laboral con el acero. En el caso de Armesto, una hija es periodista y la otra, maestra, y el vástago de Martínez Campo estudió ingeniería y trabaja en Madrid. «Es una señal del cambio de los tiempos; antes te preparabas para entrar en Ensidesa y sabías, si lo lograbas, que tenías trabajo para tu vida. Hoy eso ya no funciona así», dice Martínez Campo.

Desde su privilegiada posición de veteranía, ambos siderúrgicos son perfectos analistas a la hora de hablar de los cambios que experimentó la siderurgia asturiana y, más en concreto la producción de acero. «Los que trabajaban en la acería Siemens eran superhombres: calor, vapores, humos, turnos de seis días seguidos... Hasta el pinchado del horno se hacía manualmente. Bien lo saben los que lo vivieron la dureza de aquello», relata Martínez Campo.

Armesto destaca la paradoja de que siendo la plantilla de Ensidesa hace treinta años más del triple que la actual «el ambiente de trabajo era extremadamente familiar; formábamos un grupo, todos nos conocíamos y sabíamos de nuestros problemas y nuestras alegrías. Hoy, basta dar una vuelta por la acería, el trabajo se ha impersonalizado».

La reducción de personal está directamente vinculada a las sucesivas mejoras tecnológicas introducidas en las acerías, tanto informáticas como mecánicas o hidráulicas. Martínez Campo lo resume con números: «Los cinco hornos de Siemens colaban 200 toneladas de acero cada diez o doce horas; la LD-III produce 250 toneladas cada media hora». Así es que la LD-III tiene una capacidad productiva mayor que la suma de sus tres antecesoras juntas, y con un plus de calidad. «Sin duda es la joya de la corona», subraya Martínez campo al referirse a su centro de trabajo.

La huelgona de febrero de 1976 y la «marcha de hierro» son los dos episodios que este dúo de siderúrgicos señala sin dudar como los más «duros» de los vividos en la empresa. Del mismo modo, coinciden en subrayar que la privatización -«mal resuelta porque el Estado tenía que haberse quedado con una participación accionarial», critican- marcó el punto de inflexión que dio un giro de 180 grados a la mentalidad de la plantilla. Eso dicen dos que llevan casi cuatro décadas en la sala de máquinas del acero asturiano y aún no se han planteado planes para la jubilación.

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