EUGENIO SUÁREZ
Qué sería de nosotros sin la corrupción? Se ha convertido en un ingrediente imprescindible de la democracia, como algunas sustancias picantes que definen determinados sabores. Históricamente se remite a la llegada del hombre a la Tierra la inclinación por el lujo de los gobernantes, el palacio suntuoso, las comidas «deconstruidas», que dejan en paños menores a los Arzak y los Adrià, con la destilación de perlas en licores imaginativos. Pero la corrupción solía concentrarse en el sátrapa, el mandamás, el que sólo dejaba algunas migajas para los servidores por el hecho de existir una distancia abismal entre el emperador ungido y el resto. No era concebible, ni siquiera moral, que un simple administrador o secretario robara tanto como el elegido de los dioses.
En el fondo, resultaba más económico que el jefe fuera único y de origen divino. Los desmanes aumentan o disminuyen según la cantidad de familia con la que se llevara bien, pero fundamentalmente todo iba enfocado a la mayor gloria y goce de una sola persona. Palacios, templos, jardines, joyas... Sólo rompieron la baraja los egipcios, pues el resto de los mortales, al morir, no se llevaban nada. Los faraones arramblaban con enormes tesoros, y la mirada puesta en el British Museum, su destino final, pues los contemporáneos no veían una piastra cuando era sellada la pirámide.
Los reyes absolutos tenían sus favoritas y favoritos, pero, comparativamente, resultaban cuatro gatos al lado de la democrática actualidad que vivimos. Ahora no se distrae dinero para hijos de la banda derecha o la izquierda, validos o amantes codiciosos, que eran pocos y procuraban que no hubiera competencia, sino que se aprende la rapiña desde la primera enseñanza. Incluso en la última dictadura, y lo he repetido algunas veces, los españoles nunca agradecerán bastante a Franco el que no hubiera tenido más que una hija, parte de cuya descendencia, por cierto, tiene que andar buscándose la vida en la televisión y vendiendo recuerdos de familia.
En la democracia a la que llegamos tan súbitamente se ha confeccionado, con prisas, un prontuario de latrocinio impersonal, sencillo y asequible. Dio en el clavo la muy citada ministra que aseguró que el dinero público no era de nadie, y nadie la obligó a ingresar, inmediatamente, en un convento de clausura. El dinero está ahí esperando ser recolectado por quienes creen una hazaña el haber ganado unas elecciones municipales en listas cerradas, como si hubieran vencido en la batalla de Verdú, con la posibilidad de repartirse los reinos y estados de la Europa vencida. Los sueldos no deben ser escandalosos -salvo entre los enloquecidos banqueros que se pasan la vida blindando enormes sumas de dinero que no podrán llevarse a la tumba-. Para eso están las dietas, los complementos, las transferencias, los maletines, los intermediarios, la ingeniería financiera y preciosista, como un mantel de encaje de Malinas.
Es preciso no sólo tener condiciones natas, sino asumir las reglas del juego, no mirar nunca por encima del hombro al que sustrae menos que tú; las circunstancias pueden cambiar. Hay que hacerse la planta de los pies a la moqueta y moverse con soltura en los gimnasios, el jacuzzi, los pilates domésticos, la madera de teca del yate. Con un poco de mano izquierda incluso llegan a permitirse los caballos de carreras, siempre que no ganen al de la reina de Inglaterra o al del superior jerárquico.
No olvidar el diezmo para el partido, y ese concepto jamás debe tomarse al pie de la letra. Es una coartada que, generalmente, para nada sirve, como no sea para el caso, remoto, de que le acompañen a uno a la cárcel con presencia de las televisiones. El caso singular de que se produjera un político no sólo honesto sino inocente debe ser delicada y diligentemente disimulado para que no llegue a oídos de la opinión pública o provoque conductas similares que dieran al traste con el dichoso equilibrio que reina entre partidos, sindicatos y corporaciones de carácter oficial u oficioso. En el caso de ser detectado algún caso de probidad es aconsejable la mayor discreción y delicadeza en ocultarlo.
Dicho esto haciendo salvedad de los casos, que puede haberlos, de comportamientos impecables, dignos, austeros y decentes, aunque eso acabaría por saberse. Y perdonen por la manera de señalar.
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