JOSÉ CARLOS GONZÁLEZ ABELEDO
No me resisto a enviarles un último adiós a dos figuras entrañables a las que tuve la fortuna de tratar personalmente dada mi condición de patrono de los cursos de La Granda. No puedo presumir de amistad fuera del ámbito de los cursos con el general Sabino Fernández Campo, ex secretario general de la Casa de Su Majestad el Rey, ni con don Silverio Díaz, párroco titular de Laviana (Gozón) durante cuarenta y siete años y capellán «honorífico» de los cursos de La Granda, en donde Sabino (allí era simplemente Sabino) dirigía un curso desde hacía varios años ayudado por su esposa, la periodista y escritora María Teresa Álvarez, sobre temas de rabiosa actualidad política y cultural. Y en los que reunía a su alrededor a personalidades tan relevantes como Marcelino Oreja, Fernando Suárez, José Manuel Otero Novas, Cristina Alberdi, José Miguel Ortí Bordás, Emilio Lamo de Espinosa, Nicolás Redondo, Carmelo Lisón y otros muchos intelectuales, políticos, empresarios y periodistas españoles, a los que daba gusto oír disertar sobre temas de actualidad y sobre nuestra apasionante historia reciente, y de los que don Silverio (así nos dirigíamos a él todos), al igual que yo, era asiduo.
Pero sí puedo dar fe, después de compartir muchas jornadas, cenas y sobremesas en el austero palacete de La Granda, del señorío, sencillez, discreción, autoridad moral y bonhomía de ambos personajes, que, de alguna manera, me hicieron mejor persona ilustrándome acerca de algunas cosas de las que quizás uno queda huérfano cuando sus mayores, por ley de vida, abandonan este mundo. Mundo al que sin ninguna duda contribuyeron a hacer mejor estos dos ciudadanos de ejemplar trayectoria vital, en mundos tan distintos como el de la alta política y el servicio al Estado, en el caso de Sabino, y el de la salvación de las almas y consuelo terrenal de muchas personas humildes, en el caso de don Silverio. Dos personas a las que muchos españoles y asturianos, en distintos ámbitos y localizaciones, echarán seguro de menos a partir de ahora. En La Granda desde luego. Descansen ambos en paz.