SAÚL FERNÁNDEZ
La danza casa muy bien con el cine antiguo. Los silencios hablan con los cuerpos en movimiento... Durante algo más de treinta años, los cineastas primitivos supieron contar historias sin palabras: comedias de tartas de merengue, tragedias universales, melodramas de huérfanos que se han perdido... La danza también es tinta para contar cuentos... las coreografías -el dibujo de los cuerpos- reproducen historias que luego se llenan de música y exige un público atento al silencio que cuenta tragedias. Este tipo de espectáculos se lleva el éxito de los aplausos. El sábado pasado el teatro Palacio Valdés fue el escenario de «Fedra», uno de los últimos trabajos de Miguel Narros, uno de los más clásicos directores de escena del momento, un nombre para la historia.
La «Fedra» de Narros fue gitana y se sirvió junto a una lata de composiciones musicales: Enrique Morente y Estrella Morente estaban encerrados en un CD y los espectadores se cobijaron en él durante gran parte del espectáculo. Los espectáculos de danza que son como el cine mudo exigen música en vivo, porque si no, los espectadores se congelan y la historia que se quiere contar se queda en un quizás... y luego se escuchan lamentos e historias desiguales a las puertas del teatro.
Mantener una gira con cinco primeros bailaores -con Lola Greco a la cabeza-, un coro de ocho bailarines más y a Enrique y Estrella Morente en vivo y en directo desborda los deseos de cualquier productor... La opción que queda es un sucedáneo de fiesta flamenca: un poco de música pregrabada y un poco más de música sobre las tablas; el sábado pasado estuvieron, para este menester, Lucky e Iván Losada y David Maldonado. Cuando las notas eran ciertas, el público del Palacio Valdés, de costumbres mohínas, se lanzó a los aplausos verdaderos; cuando la música era un congelador, los espectadores mostraron que tenían frío.
El montaje que se presentó en Avilés, en todo caso, fue de los grandes: más de una docena de zapateados llenos de gloria, una tragedia de las más clásicas vestida con los vaqueros más modernos... El escenario del amor en libertad que invoca Fedra por Hipólito es una nave industrial de hierro forjado, un escenario como salido de la terraza del amor roto de «West side story», un cuento que reproduce el clásico del amor envenenado: «Romeo y Julieta».
Lo bueno de los textos clásicos es que, después de los años y de los siglos tristes, demuestran que los hombres no cambiamos por más que el progreso acongoje y el cielo se llene de nubes. Es decir, la historia de Fedra es una historia griega y Grecia es un país universal. Por eso, que Narros se haya metido en el mundo de los gitanos no supone ninguna transgresión... las mujeres que aman en libertad sufren la hoguera que les rodea. En el espectáculo del sábado pasado este episodio se ilustra con una sola palabra -«Zorra»-, la palabra que pronuncia Aricia (Estefanía Ruiz) a una Fedra desesperada (Lola Greco), el clímax de la historia del amor prohibido sobre una moto que se deshace en un accidente.
La compañía de danza saludó entusiasmada de los espectadores avilesinos que, al final, decidieron aupar a los bailaores que contaron la historia de cine mudo, la tragedia en vaqueros sobre la necesidad de la libertad, sobre la necesidad de ser sin necesidad de contar con el entorno, bajo los hierros de la desmemoria. Una historia sin palabras para seguir hablando.