SAÚL FERNÁNDEZ
Don Juan es como el dios Marte, una leyenda, un mito inexistente, una ambición secular... y, con todo, un habitante del cielo de los vivos. Don Juan salió de la ficción para pasarse a la verdad; se ha hecho de carne y hueso y ha triunfado. La gloria de la literatura está precisamente en eso, en que los personajes de mentira tomen cuerpo y alma y se transformen en arquetipos que definan los caracteres de los lectores, de los espectadores. Le pasó a Don Quijote: «Usted es un quijote». Le sucedió también a Edipo: «Tiene complejo de Edipo». Don Juan fue el primero en sufrir de donjuanismo, que es un lío mental que sufren algunos hombres incapaces de vivir consigo mismos. Y salvan esta incapacidad asaltando mujeres, amando mujeres, rumiando mujeres... Esta conquista imperecedera del sexo femenino, según médicos intelectuales del estilo del doctor Marañón, daba en homosexualidad oculta. El que ama tantas veces no ama nada y, por lo tanto, sólo se ama a sí mismo...
La historia de este don Juan pionero ha tenido mil padres (y, casi todos, de relumbrón): Tirso de Molina, Lord Byron, Molière, Zorrilla... Y, en música, Mozart, de la mano de Lorenzo da Ponte, que, según recoge la historia, bebió de una insalubre fuente que se fue con el tiempo y el olvido. El viernes por la noche, durante tres larguísimas horas, la «Internationale Opera Producties» representó en el teatro Palacio Valdés un «Don Giovanni» de libro, sobre un escenario desnudo, con unos intérpretes de libro, una función que pasó, agradó, fuese y no hubo nada. «Cantaron bien», se escuchó a la puerta del odeón. «Sí, sí, ¿dónde cenamos?» Y nada más.
La producción holandesa reconstruye el trabajo dieciochesco de Mozart con la virtud del arqueólogo. Músicos de primera, voces de primera, pero una dirección escénica funcional que no se llevó los aplausos. Hubo, es cierto, algún bravo, pero sonaba salido de una garganta forofa.
El «Don Giovanni» fue una pieza transgresora en su momento, pero de ese momento han pasado ya más de dos siglos -vamos camino del tercero-. Y fue transgresor porque la primera aria del espectáculo la interpretaba un criado -la ópera hasta entonces era un género mayor, un género para ricos en el que los criados eran estúpidos, imbéciles o, simplemente, objeto de burla. A esto se añade otra circunstancia: los franceses, por aquellos entonces, cocían la revolución que decapitaría la monarquía absoluta, aquella que ofrecía bollos en lugar de pan.
«Don Giovanni», desde luego, no es un espectáculo de esos que ahora se llaman «políticamente correctos». Zerlina -la mujer campesina- ha estado en el punto de mira del seductor. Masetto -el marido- se siente cornudo y así se lo transmite a su esposa. Esta, para defender su honorabilidad, le propone a él que la golpee cuanto quiera. Así, sin metáfora alguna... Dónde sí que hay metáforas es la ubicación temporal de la peripecia donjuanesca: España. Por eso resulta raro escuchar a doña Elvira cantar en italiano que tiene que marcharse a Burgos... Pero dirán que así lo dejó escrito Mozart. Y dirán bien. Pero el placer del mito es que se amolda a todos los tiempos y todos los espacios... y por eso no está mal darle un empujoncito...
La historia del felón don Juan hubiera podido dar para un drama del realismo socialista: el señor cubre sus pecados con el sirviente a quien está dispuesto a matar para seguir viviendo. Más que seducir, viola, roba las mujeres delante de sus maridos... parece, mismamente, la encarnación del capitalismo explotador... Por todo esto, se va derechito al Infierno. En ese punto, curiosamente, está la perla de la función del viernes, un espectáculo que no tuvo muchas más. No sé qué opinaría de todo Karl Marx.