Luanco, Illán GARCÍA
El temporal de los últimos días arrastró toneladas de ocle a la playa de La Ribera, que ayer evocaba tiempos pasados, cuando la recolección de ocle daba trabajo a decenas de gozoniegos. Las pocas personas que hoy se dedican a la recogida de estas algas aprovecharon la ocasión para cargar el ocle en tractores y llevarlo a fincas donde se dejará secar. Una vez seco, el ocle es utilizado como lecho de cultivo para mantener células vivas y como ingrediente en la elaboración de conservantes. Para esta última labor es necesaria la extracción, tras el proceso de secado, de una gelatina llamada agar.
«Cuando hay mala mar, y sobre todo por estas fechas, el ocle que se encuentra en el fondo marino se despega y las mareas lo depositan en la playa, facilitando así su recogida», contaba ayer Jesús Costales, uno de los pocos gozoniegos que, hoy en día, se dedica a la recogida del ocle. La captura de este tipo de algas era común en los años setenta y ochenta del pasado siglo. Por aquel entonces, decenas de personas trabajaban en la arribazón, como así se denomina la recogida del ocle a la orilla del mar y utilizaban herramientas más rudimentarias que las actuales para su extracción. Hace unos veinte años, por ejemplo, era casi impensable el uso de un camión-grúa para trasladar las algas a las fincas de secado.
Jesús Costales forma equipo con José Manuel Artime, «Larri», que ayer se encargaba de cargar el ocle en un camión para transportarlo a las fincas de secado de las algas. «En muchas ocasiones, había que amontonar todo el ocle para poder transportarlo e incluso ir a sacarlo del agua», indica Costales mientras uno de los dos tractores abandonaba cargado hasta el tope la playa de La Ribera.
Los entendidos dicen que el primer ocle que llega a las costas gozoniegas es el peor. No obstante, el recogido ayer, según los recolectores de algas y los lugareños, sí que era de buena calidad, a juzgar por el color rojizo que cubría casi toda la extensión de la playa de La Ribera.
Los luanquinos dicen estar acostumbrados al fuerte olor que desprende el ocle a su llegada a tierra. Un olor intenso a mar que ayer inundaba las inmediaciones del arenal de La Ribera y se colaba por todas las calles de la localidad.
El luanquín Gonzalo Fernández fue uno de los vecinos que no dudó en asomarse al paseo marítimo para ver como se extraía el ocle depositado en la playa por el temporal. Y por su cabeza comenzaron a pasar recuerdos de otras épocas. «Las mujeres llevaban el ocle en carros y se secaba por las calles», recuerda Fernández, jubilado de Endasa. A pocos metros de Gonzalo Fernández, conversaban Raúl Carrillo y Cesáreo Álvarez.
Ambos aseguraban que, antaño, el enorme manto rojo que ayer cubría la playa de La Ribera «no duraría ni media mañana» considerando el gran número de personas que se dedicaban a la recogida del ocle de arribazón. «Habría como unas 50 personas», estimaba Carrillo. «Yo creo que unas 200», replicaba Álvarez. Para muchos, el ocle ha sido un apoyo a las economías familiares del concejo. «Dio muchos millones», sentenció Cesáreo Álvarez, que ayer, como tantos otros, se impregnaba gustosamente del olor del ocle que, en mayor o menor cantidad, la mar regala cada otoño.