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Crítica / Teatro

La casa de las muñecas tristes

n Daniel Veronese dirige a cinco actores extraordinarios

 
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La casa de las muñecas tristes
La casa de las muñecas tristes  
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SAÚL FERNÁNDEZ Detrás de «El desarrollo de la civilización venidera» está «Casa de muñecas». El título polisílabo es obra del director de escena Daniel Veronese, que tiene gustos tan largos como pesarosos. Si la civilización venidera es la de la última escena del espectáculo que se vio antes de anoche en el teatro Palacio Valdés, uno sólo puede esperar una cosa: que se desarrolle poco.

Daniel Veronese estos días ultima el estreno de «Glengarry glen rose», la tragedia de los vendedores inmobiliarios: el triunfo irá sobre ruedas, el fracaso se apuntará en la lista del paro. La obra se pone en el Teatro Español de Madrid el próximo 2 de diciembre. Estará en cartel hasta finales de enero. Luego sale de gira. Veronese es uno de los directores de moda de la escena nacional, pero viene de la de Buenos Aires, la capital del teatro. En el Río de la Plata, parece, se bañan las encarnaduras de la ficción, actores bregados en circuitos comerciales, en circuitos independientes o en circuitos exóticos, porque de todo hay en la capital argentina.

El director no es nuevo en el teatro avilesino. Pintó a Chéjov bajo el manto palabrero de «Espía a una mujer que se mata»... Palabras, palabras, palabras... El camuflaje de los títulos se justifica, previsiblemente, en un trabajo de transformación del drama al tiempo corriente. No es lo mismo Chéjov a comienzos del siglo XX que en los albores del XXI. Y esto mismo se puede aplicar también a esta singular «Casa de muñecas», una tragedia decimonónica con sabor a revolución: las mujeres tienen la palabra en un siglo en que estaban obligadas a guardar silencio.

La versión de Veronese cambia desde los primeros pasos: Helmer (Carlos Portaluppi) comenta con Nora (María Figueras) una película de matrimonios rotos de Ingmar Bergman... Pero Ibsen es un señor de orden, burgués linajudo noruego y, sobre todo, anterior al cine. He aquí, pues, la primera transformación de «Casa de muñecas», uno de los espectáculos más representados de la historia, un texto conocido, reconocido y vuelto a conocer, un verdadero clásico.

El director del espectáculo considera que la peripecia de Nora no se comprende en el momento presente. Por eso, le da la vuelta definitiva. La huida de Nora se cobra la tragedia... y los espectadores se rinden ante esta propuesta. La escena final, de nuevo, un duelo entre Helmer y Nora, acongoja y corta el aliento. Portaluppi y Figueras impresionan en el rostro de los espectadores eso que ya se anunciaba en el título enorme impuesto por Veronese. El pesar se oscurece, la mano de Portaluppi aprisiona la libertad. Nora, la encarnación de la libertad, es una prisionera. Y no hace falta recurrir al monólogo aquel de tú piensas que soy una muñeca...

La transformación de la tragedia de Ibsen fluye desmesuradamente cuando alcanza el final; el camino a la desembocadura está llena, sin embargo, de cataratas. No es comprensible ahora, en estos tiempos actuales, la ocultación que hace Nora del dinero trágico. Y no lo es, porque parece que este hecho viene impuesto por el autor y no por la peripecia que se desarrolla: «El final está pensado, el camino hasta él no me preocupa». Algo similar sucede con el episodio del usurero Krogstad, la anagnórisis, el cambio de idea forjado por una sola conversación, es decir, la transformación de «Casa de muñecas» quedó a medias... Lo que, desde luego no quedó a medias, fue el espectáculo que ofrecieron los cinco actores sobre el escenario. La ambición del título se contrapesó con el increíble trabajo de los cinco actores. Geniales.

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