EUGENIO SUÁREZ
Para qué quieren enemigos, con estos amigos? Era una cuestión antigua que prevenía contra el daño de los próximos. Ante el adversario solemos estar en guardia, vigilantes pues sabemos que desde ese cuadrante sólo nos pueden llegar malaventuras. Pero tendemos, por la condición humana, a confiar en los amigos, los aliados, los confederados con nuestros intereses, especialmente en períodos de enfrentamiento declarado.
La sociedad española, o parte de ella, transcurre en la suicida placidez de confiar ciegamente en los partidarios, incluso cuando el enemigo que ya transpuso el umbral de las defensas. La política me ha importando un pepino, y, por fortuna para mi, la vida me puso al abrigo de indignidades, salvo que salga por ahí algún artículo encomiástico para el régimen que se acababa de instaurar, por el entonces lícito e incontrovertible imperio de la victoria en los campos de batalla.
Maravilla contemplar con qué desenvoltura determinadas facciones exaltan sus pequeñas heroicidades y machacan la ferocidad del adversario, cuya repulsa más honda está en que no se dejará vencer. Cada domingo, este periódico publica una separata muy interesante sobre la llamada «revolución de octubre» de 1934. Todo iba bien mientras un modesto contingente de trescientos o cuatrocientos individuos cercaban el cuartelillo de la Guardia Civil en un concejo perdido y exterminaban a los seis u ocho agentes uniformados que creían servir al orden establecido.
Entonces, para muchos exégetas, los revolucionarios eran la ley y la desdichada República, un nido de víboras. Cuando el Gobierno envió tropas regulares, incluidos el Tercio y los tabores moros, ya se subvertió el juego y los cañonazos del «Jaime Cervera» eran puñaladas en el corazón del pueblo, que en notable número estaba dispuesto a ovacionar a los asaltantes...
Este recordatorio, que cada cual puede interpretar como le venga en gana, podría trasponerse a la actualidad, especialmente la que vive el partido de la oposición, el Popular. No tienen el poder -lo cual siempre es una inferioridad- y además cuentan con una nómina de feroces críticos que hacen prácticamente ociosa la tarea gubernamental de neutralizar al contrario.
En tiempos de confrontación, los medios tienen bastante importancia y si los candidatos al poder se encuentran con la más severa de las exigencias en sus propias filas, padecerán multiplicada la acometida, pues casi es un axioma que en esta España dividida, cada ciudadano ha tomado partido, independientemente de cual sea el comportamiento de sus correligionarios. Se vota a «los míos» sea cual fuere su comportamiento. Si, como estamos viendo, el gobierno va dando tumbos, entre ocurrencias y experimentos, rara vez escucharemos una crítica o un reproche, salido de sus filas y los votantes -que no suelen leer otros periódicos ni escuchar otras radios y televisiones que las adictas- obviarán defectos y atenderán sólo al acompasado y tenaz botafumerio de sus predilecciones. Además, ¡qué caramba!, son los nuestros y con el amigo hasta el final, lo haga mal o bien.
Los supuestos centinelas y defensores, en la otra acera, blasonan, sobre todo, de independencia y arremeten contra sus propias filas de forma muy eficaz. En contrapartida, sólo leerán el diario y escucharán las emisoras afines, causando la crítica el consabido letal efecto de la cuña de la misma madera. Puedo tener mayores simpatías hacia uno u otro bando, pero me sorprender la actitud de una guardia pretoriana que confraterniza con el asaltante y le sirve de guía para llegar al nervio del poder. Me recuerda a un «match» del boxeo donde el manager de uno de los púgiles, en vez de animarle en el rincón, dijese a su pupilo: «Venga, chico, déjame que tire la toalla y vete a ver una buena película. Aquí no tienes nada que hacer». Desalentador, ¿verdad?
Tangencialmente se ha deslizado una noticia algo incongruente: una comunidad autónoma socialista, en su afán por la cultura en cualesquiera de sus manifestaciones ha lanzado para el público infantil y adolescente un prontuario de la masturbación, casi como esos folletos que orientan sobre cómo llega a ser un agresivo hombre de negocios o triunfar como orador de masas.
Nunca ha sido necesario, aunque tampoco sea en manera alguna rechazable, una orientación entre los niños y supongo que niñas sobre el conocimiento de la satisfacción solitaria, pues ahora, como Lope «de las musas al teatro», los chavales saltan del patín y la «Barbie» al coito irresponsable en cosa de 24 horas. De poco sirve recordar viejas costumbres, ni se alcanza proselitismo con vetustas orientaciones, pero no parece -a mi pobre juicio- bien encaminada una acción que podría ser positiva. Las madres de antaño -si es que lo hacían- recomendaban vivamente y con humanístico conocimiento de causa a sus hijas que en los trances amorosos con otros adolescentes hicieran «todo menos eso» y eran comprendidas por las muchachas e incluso los chicos a quienes se imbuían parecidas recomendaciones.
La masturbación es un estado natural que enmarca, entre paréntesis, la generalidad de los vidas humanas: un hábito juvenil y un refugio de la vejez, cuando el sujeto, apremiado aún por la Naturaleza, siente vergüenza por el inevitable deterioro de su aspecto físico.
No hace falta que un correligionario escriba el panfleto, ni que lo imprima la factoría de un sobrino o lo distribuya la empresa del cuñado, siempre con cargo al dinero público. Ahí sí que puede tener eficacia la confidencia familiar que, dicho sea en honor de la verdad, sólo remedia en cierta medida las consecuencias lamentables si se la yugula y también si continúa adelante. Aquí, en ambos casos, sí convendría que la mano derecha no supiera lo que hace la izquierda.
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