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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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SAÚL FERNÁNDEZ Los días de vino y rosas son los más efímeros, los que se lleva el río de la historia y de la voluntad. El poeta Marcial, en la antigua Roma, escribió sobre la tristeza del tiempo que se va, un tiempo, dijo, de vino y rosas. No fue el primero. Marcial bebió los momentos felices en las fuentes que abrieron Horacio o Ausonio. «Carpe diem», aprovecha los minutos que pasas por la Tierra, el cielo te aguarda; el cielo puede esperar.
J. P. Miller, siglos después de los poetas clásicos, escribió el guión de una película para televisión sobre dos personajes que quieren vivir, beber y celebrar. Aquel telefilme pasó después al cine. De la mano de Blake Edwards, Jack Lemmon y Lee Remick. Fue la tragedia del alcohol, la historia de amor y de traición ahogada en güisqui.
Hace muy pocos años el norirlandés Owen MacAfferty llevó a la escena aquel guión que Miller había pensado para la televisión. David Serrano -el de «El otro lado de la cama»- importó la historia a España, la dotó de casticismo y de tristeza de triunfadores rotos. La hispanobritánica Tamzin Townsend fue la encargada de ponerla sobre la escena, una obra más en la carrera meteórica de la directora más reclamada del momento (sus títulos son incontables y, muchos de ellos, se cuentan como éxitos).
Todos estos ingredientes predecían el asombro de los espectadores. Carmelo Gómez y Silvia Abascal se llevaron los aplausos. Los pozos de alcohol construyen calamidades. Los güisquis de las celebraciones son pecados veniales...
El espectáculo comenzó con un diálogo inteligente interpretado con maestría por los protagonistas: dos extraños en el aeropuerto. La frescura del inicio se va diluyendo, sin embargo, mientras se desarrolla la tragedia del tiempo perdido: hay una fiesta de alcohol y, después, otra fiesta de alcohol... Y luego, el descubrimiento de la derrota y, después, otra vez el descubrimiento de la derrota -demasiadas anagnórisis-. Así, con tanta reiteración la función alarga su peripecia y se encalla. Y, cuando se encalla más, es cuando Carmelo Gómez se dirige a los espectadores directamente y acude a la tristeza más fácil: «Me llamo Luis y soy alcohólico». Sin embargo, precisamente aquí, fue cuando la gente aplaudió más.
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