JAVIER GARCÍA
EMPRESARIO
Y PADRE
DE SELINA
Tres llamadas perdidas. No me entero. De forma instintiva lo veo. Es mi mujer, está en la peluquería. La llamo y de pronto todo cambia: «Se me rompió la bolsa, ven a buscarme». En mi cabeza empezaron a girar muchas imágenes, mi corazón se acelera, me quedo un rato que no ser qué hacer. Pero ella parecía tranquila? Pregunté como un tonto, «Y ahora ¿qué hacemos?»
Subimos al coche y ya nos relajamos. No pasa nada, Selina está a punto de llegar. Vivamos el proceso de forma tranquila. Llevamos mucho tiempo preparándolo. Mi mujer me da seguridad; maneja mucha información, sabe muy bien qué hacer.
En cuanto los abuelos se enteran que ha roto aguas casi nos llaman hasta una ambulancia. Resulta muy de película lo que la gente piensa que son los partos. Todo el mundo converge a la misma idea: «¡Al hospital! ¡Y además a toda leche!»
Pero nos vamos los tres para casa. Eran las 8 de la tarde. Las contracciones comienzan. Llegamos, mi mujer llamó a la matrona y a nuestra amiga, experta en parto fisiológico, que nos daba mucha tranquilidad tenerla en casa. Aunque estuvo todo el rato, casi no la vi? Acostamos a Claudia, como todas las noches, y Ana le cantó una canción, como todas las noches. Nuestra hija se durmió sin saber que al día siguiente todo sería muy distinto. Mi mujer subió para nuestra habitación. Allí se relajó.
Llegó la matrona. Yo iba a tener mi segunda niña y me estaba tranquilo, con mi mujer en brazos. En todo momento, veíamos que era un lujo estar en nuestro hogar, en nuestra cama, en plena libertad, perdidos de las luces, las enfermeras exigentes y del médico. Y es que las contracciones eran diferentes al primer parto con oxitocina, dolían, porque es inevitable, pero parecía que se controlaban mucho mejor.
Cuando las contracciones se hicieron más intensas, bajamos al salón. Cenamos algo, pero a medida que las contracciones eran más intensas y más cortas, mi mujer y yo nos fuimos uniendo más y ellas fueron desapareciendo. Las luces apagadas, el silencio, la tranquilidad del hogar? Las contracciones ya eran más y más intensas. Y aún nos replegamos más, nos unimos ella y yo, conectamos más y más. Sorteamos cada contracción como un surfista sortea una ola, una a una, sin pensar en la siguiente. La clave era superarlas. Fue duro, la vi sudar, gritar, pero siempre con una gran fortaleza.
Pasaban las 3 de la mañana. Fueron 30 minutos duros, difíciles pero con un gran final feliz. Ella perdía la noción, a ratos pensaba que no podía, que se iba a partir, que era imposible. Pero pronto se sobreponía a la siguiente contracción. Gritaba desde lo más profundo, pero podía hacerlo porque estaba en su casa, con su gente y sabía que tenía la libertad de hacerlo.
Poco a poco buscó su postura. Nunca sabrás cómo vas a parir hasta que llegue el momento. En el sofá, de rodillas, la agarré de las manos, le puse paños fríos. La matrona, tranquila, con palabras de ánimo, diciendo que ya estaba aquí. Las protagonistas de esta película eran la mamá y el bebé, los demás estábamos para compartir.
La cabeza de mi hija ya se veía. Nuestra amiga se puso en mi lugar, tomó las manos de mi mujer. Yo fui al otro lado, a ser espectador privilegiado para ver nacer a mi niña. Fue algo que no puedo describir, por mucho que quiera hacerlo. Vi salir poco a poco a mi bebé; la matrona nos pedía calma, sin tirar, sin forzar, no quería desgarros importantes, no podemos apurarnos en el último momento. Y así fue como salió su cabeza, después el hombro y, de repente, ahí estaba mi niña fuera, increíble. Dios mío, yo parecía haber llegado de hacer footing, sudaba, estaba excitado y en cuestión de segundos la niña estaba en el pecho de su madre. Maravilloso. Inolvidable.