JAVIER GANCEDO
De nuestro corresponsal Falcatrúas
Argimiro era un comerciante originario de Bildeo que había dejado el pueblo muchos años antes para establecerse en la Cuendia. Había que tener cuidado con él, porque te birlaba sin querer los cuartos en un momentín, así que los vecinos de los pueblos que bajaban a comprar a su almacén andaban avisados para no perder la integridad de su faltriquera. Como era un hombre grande, muchos se sentían cohibidos en su presencia, cosa que él sabía, y utilizaba esa ventaja para imponerse en los tratos: o ganaba él, o perdía el cliente, no había más opciones.
Con algunas mujeres lo tenía peor, por ejemplo con Generosa, que tenía fama de inocente, al parecer la podía engañar cualquiera, pero cuando Argimiro intentaba explicarle cómo las anotaciones en su cuenta habían crecido de manera espontánea y sin la intervención de la parte «generosa», ella no tragaba y decía con su voz humilde, pero tozuda:
-¡Ay, nenín: tú confundes el toucín co'l filo prieto!
Y el comerciante, con todo lo grande que era y lo que acojonaba a los paisanos, no podía con aquella muyer pequeñuca y candorosa.
Un día apareció por allí Pepe el Ferreiro dispuesto a hacer la compra para una temporada, es decir, lo que pudieran llevar los burros encima, que era la medida contable de mercancía.
-¿Cuánta mercancía trajiste, Pepe?
-Los dos burros cargaos.
Y así ya quedaba enterada Carme de la compra hecha.
El Ferreiro andaba curioseando entre las mercancías que abarrotaban los estantes, fijándose especialmente en las cosas relacionadas con su oficio: ferraduras hechas de fábrica, que los vecinos compraban y él adaptaba a la medida de la caballería, clavos, pletinas y varillas de acero, rollos de alambre, etcétera. En esto que su cabeza tropezó con un tocino de gran tamaño que colgaba del techo.
-¡Vaya toucín que tienes aquí, Argimiro!
-Pues ése y un compañero, pueden ser tuyos.
-¿Por cuánto?
-Cámbiote dos como ése por un jamón del gocho de casa.
El Ferreiro hizo unos cálculos rápidos: seis fíos, la muyer y él, además de la madre, era mucha gente a comer en casa todos los días y un jamón duraba un suspiro; en cambio, dos tocinos, con un volumen de manducatoria equivalente al de cuatro jamones, echando un buen cacho en el cocido, o pasando unas lonchas por la sartén? igual merecía la pena el cambio.
Aquella noche, cenando en casa, propuso el fabuloso negocio a su mujer, Carme Fonso, y al resto de la familia. Se le quedaron mirando todos, con incredulidad:
-¡Ni se te ocurra! Aquí a nadie le gusta el toucín -fue la respuesta tajante de su mujer.
-Pero hay que pensar que el año suple mucho y el jamón poco.
-Papa -decían los hijos, sobre todo las hijas-, no te metas a negociar con Argimiro, que pierdes.
-El cierno del jamón gústanos a todos, y el ságamo no deja de ser toucín y bien que se come. (*)
En Bildeo y en aquellos tiempos, democracia había más bien poca. A pesar de las advertencias y protestas de todos, al cabo de unos días Pepe el Ferreiro bajó al comercio de Argimiro con un jamón envuelto en una saca de lienzo y volvió con dos tocinos grandes como albardas, recibidos en casa con asco general.
Lo que no sabía Pepe, porque esa información se la calló el astuto comerciante, era que aquellos tocinos criados en Argentina, habían hecho una laaaaaaaarga travesía en barco, y de su prolongada relación con la mar, tal vez navegaron sumergidos, habían adquirido un sabor rancio que tiraba para atrás, contribuyendo a que suplieran más por falta de afición de los comensales.
Todos en casa se confabularon para darle de comer a él raciones de tocino en desayuno, comida y cena, de tal modo que al concluir la primera semana tocinaria el Ferreiro tiró la toalla. Entró un día en casa a la hora de comer, después de pasar toda la mañana trabajando en la fragua, pensando en que si le ponían otra vez tocino la iba a armar; cuando se confirmó el mal presagio, con unas lonchas churruscadas, soltó un cagamento contundente, descolgó el tocino sin estrenar y el ya inaugurado, los partió en trozos con el hacho y los famientos perros del pueblo se dieron un festín. Sólo reservó un trozo para la fragua, donde había una sección de carpintería, para untar el tronzón y los serruchos y hacer que se deslizaran mejor al trabajar en maderas secas.
En casa de Argimiro se acababa pagando más de lo debido.
Seguiremos informando.
(*) Cierno y ságamo, hablando de árboles, son, respectivamente, el duramen y la albura, la parte blanca más superficial del tronco, como en el jamón el magro y el tocino.