FERNANDO PRENDES
ABOGADO
La sociedad española ha desarrollado (quizás ya los tuviese instalados genéticamente) una serie de anticuerpos que la hacen inmune contra la corrupción. No se equivoquen, no es que nos inmunice contra su existencia, nos inmuniza contra sus efectos y contra las personas que la practica. Nuestra tradicional hipocresía nos hace públicamente echarnos las manos a la cabeza cuando vemos en TV lo del «Gürtel» o lo de «Santa Coloma»... y podemos decir sin reparos ¡había que matálos!, y ello para un minuto después reconocer con la boca pequeña: «Si toy yo... faigo lo mismo». El «si toy yo robo más» es el medicamento que nos inmuniza contra la corrupción. Que la corrupción existe es una obviedad, y que el poder es quien la genera es otra verdad de Perogrullo. El PP y el PSOE no son más corruptos que el resto de los partidos, simplemente es que gobiernan en más sitios, y el resto de partidos no son más corruptos porque «desgraciadamente» no puede. Fíjense cómo cada vez que aparece un partido «independiente» en cuanto toca poder «roba hasta los bienes del cabildo».
El problema de la corrupción en España es un problema de aceptación social: la corrupción está socialmente reconocida y es considerada parte del sistema. Todos somos cómplices, porque en mayor o menor medida todos la conocemos, nos callamos y con nuestro silencio nos hacemos cómplices y la toleramos. ¿QUién no conoce a un político al que sabes que se ha hecho rico con el ejercicio de «su profesión»? O ¿quién no conoce a un funcionario al que dándole «un regalo» facilita una licencia? O ¿quién no conoce a un paisano que por X dinero colocaba a alguien en una buena empresa de la comarca? Seguro que todos conocemos a alguien y lo toleramos. Pero no solo nosotros lo toleramos; los jueces, la policía, los fiscales... y hasta los curas lo tolera. Claro, luego uno se pregunta. ¿Quiénes somos nosotros para denunciarlo? Un país donde existen refranes como «Al carro hay que echa-y grasa pa que ande», «A los gües hay que untalos», «Manos que nun dais que esperáis», «El que nun tien padrín no se bautiza», «Amigos hasta nel infiernu» y «a quien nada y debo c omo mierda y pago», nos dan una idea de lo interiorizada y asumida que se encuentra la corrupción en nuestra sociedad.
Pero ¿podemos hacer algo contra ella? La respuesta es rotunda; sí. Igual que durante años fuimos tolerantes con el terrorismo (recuerden cómo resonaba aquel «maten pocos») y lo fuimos con el maltrato a las mujeres («maten poques»), y la ley y la sociedad rechazó tales comportamientos reprobables, igual hay que hacer con la corrupción: Tolerancia cero. Hay que educar contra la corrupción, hacerle el vacío a los corruptos y denunciar todos y cada uno de los casos de corrupción que existen. Y hay que castigar ejemplarmente a los corruptos, con dureza. Es una labor social, pero es una labor también de los partidos políticos: los partidos deben renovarse, limitar los mandatos, apartar a los corruptos, instalar listas abiertas, depurar a los «parásitos sin oficio ni beneficio»... y una serie de cosas que desde luego van a ser muy difíciles de implantar porque el «gen» está ahí, presente y latente, y nos costará Dios y ayuda librarnos de él.
Ahora, después de leer esto les haré dos preguntas: ¿Se consideran cómplice pasivo de la corrpución? ¿Estarían dispuestos a dejar de serlo» La solución al problema pasa por primero reconocer su existencia. Háganlo.