EUGENIO SUÁREZ
En otros tiempos, grandes ciudades, villas y pueblos eran conocidos por alguna singularidad, algo que hacían mejor que en otras partes, parques o monumentos especiales. Y también por lo que daban de comer y de beber. Nadie pasaba por Oviedo, cuando la calle Uría era atravesada como una carretera, sin parar a tomar un café en el Peñalba. Visitar Avilés traía consigo una merienda en Casa Galé, etc... sin desmerecer los lugares repartidos por todo el Principado que siempre han ofrecido novedades al viajero.
Madrid tuvo una extensa nómina de cafés, que casi todos los que han pasado por allí conocen, pero era un lugar recoleto el Bar Balmoral. Un establecimiento público, donde podía entrar cualquiera, que observara -si alguien lo hacía- el «reservado el derecho de admisión». Estuvo, hasta hace unos cuatro años, en la calle Hermosilla, casi esquina a la de Serrano y era preciso subir ocho escalones para llegar a la puerta. A ambos lados de esta escalinata unas hornacinas, donde campeó un simpático llamamiento: «Venid los que tenéis sed», que pocos han podido ver porque esa especie rencorosa de meapilas que creía haber ganado una guerra para su satisfacción personal, amenazaron, por impío, con denunciarles. Intervino el párroco de La Concepción y les recomendó, amistosamente, que lo quitaran, para evitarle, a él también, el ataque de las tarascas de misa de ocho. Fue sustituido el lema por la B, inicial del nombre.
Creo que fue un lugar curioso y al consignar que era de público acceso me confirma algo que ya ha perdido vigencia. Si alguien, mal trajeado o en condiciones etílicas fronterizas asomaba, tras la cortina que había detrás de la puerta veía una clientela bien vestida, ni un hombre sin chaqueta y corbata, aunque fuera el mes de agosto, ni mujer que no fuese elegante y distinguida. Creo que esos ambientes echan para atrás, con mayor eficacia que la prohibición de la entrada.
Una luz tenue y suficiente, la moqueta beige, los largos bancos tapizados en rojo oscuro, las sillas en torno a las mesas redondas, bien diseñadas, la barra reluciente, con un reborde calculado para apoyar el codo, unas banquetas cómodas, la botillería, que alternaba con la preciosa maqueta del «Juan Sebastián Elcano», regalada por uno de los más conspicuos y tenaces bebedores, como lo fue el almirante Vierna, que había mandado el buque escuela. Tenía aquél hombre una capacidad sobrecogedora para beber, fino por las mañanas y whisky al anochecer, estando ya jubilado hacía tiempo.
Varios trofeos de caza excepcionales, como un espléndido urogallo y una majestuosa avutarda, ejemplo de la maestría de renombrados tiradores como los condes de Teba y Yebes, el duque de Lerma, el marqués de Paúl, entre las mejores escopetas de Europa; cerámicas, un gran cuadro al fondo, con un típico escocés libando el whisky y varios antepasados, descendiendo de sus retratos para tomar parte en la juerga; orden y armonía que no eran casuales.
Lo había montado y decorado un curioso personaje, José Luis Miranda Barcáiztegui, marqués de Miranda, a quien los que le conocían llamaban «el marqués del Metro» y no porque fuera aficionado a moverse en ese medio de transporte, sino porque llevaba en el bolsillo superior de la americana un metro de carpintero, amarillo y plegable. Lo medía todo aquello que llamaba su atención, aparte de ser el instrumento de su trabajo como decorador nato, con un sentido extraordinario de la proporción y la conjunción de cualquier espacio . No había en Madrid -y en pocas partes lo he visto- lugar tan equilibradamente diseñado como Balmoral. En cualquier asiento se encontraba uno cómodo, fuera cual fuese su constitución física, aquello era el vaticano de la ergonomía.
Por allí desfiló, discreta, la flor y nata del mundo que visitaba Madrid: embajadores, artistas, escritores, astros de Hollywood: Cary Grant, Nicholas Ray, Víctor Mature, Ava Gardner, Sofía Loren, Gina Lollobrigida, Xavier Cugat, el inevitable Hemingway, toreros, ganaderos, pintores de fama, personajes populares, como «el marqués de Porrinas», un flamenco que asomaba, siempre ataviado como un pincel con una eterna flor en la solapa. Gente simpática como el arquitecto, a quien, cuando tenía 80 años seguían llamándole Pepito Subirana, Antonio Vidal, conocido por «el Caobo», un playboy que se cruzaba en la puerta con Porfirio Rubirosa, aviadores famosos, como los hermanos Ozores, el marqués de Jura Real, el sevillano Miguel Tassara, cuyo caza fue derribado en Rusia y salvó la vida porque cayó con el paracaídas sobre un tren en marcha. Escritores y periodistas de renombre, como González Ruano, Edgard Neville, Agustín de Foxá, López Rubio y tantos?
No era un club elitista, pero lo parecía. Estuvo a punto de desaparecer, tras la muerte de su fundador, un gran barman, Jacinto Sanfeliú y comenzaron los apuros económicos que rescató un asturiano, el banquero Alfonso Fierro, otro habitual cliente. Se lo cedió a los camareros, que iban trampeando como podían. Aunque llegó la conmoción de los presuntos Juegos Olímpicos y se disparó el afán por construir nuevos hoteles. Una gran empresa, en la que, según me dijeron, estaba Zara, adquirió el inmueble entero y, por desgracia, el lugar ocupado por «Balmoral» era el del antiguo garaje o cocheras del edificio y estaba en régimen de alquiler que fue resuelto con una indemnización. Y Madrid, como tantas otras cosas en nuestra España, se quedó sin un lugar que hubiera sido interesante conservar. Tomó el nombre y el emblema del castillo inglés de Balmoral, donde nació la reina Victoria Eugenia, abuela de nuestro actual Rey. Un gran bar de copas y una menuda historia por si alguien encuentra placer en conocerla.
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