Myriam MANCISIDOR
Fernando Alonso quiere acabar con el tópico de que en los hospitales la comida es mala. Sin las prisas que lleva siempre su paisano y tocayo, el piloto de Fórmula 1 -«aunque en la cocina no me quedo atrás», dice con humor-, Alonso es el chef del San Agustín y coordina a un equipo formado por treinta y cinco personas. Está siempre atento a que los platos lleguen a cada habitación, a cada paciente, en las mejores condiciones y con el mejor sabor. Su buen hacer entre fogones ha traspasado las fronteras del área sanitaria avilesina y el pasado 25 de noviembre participó en una jornada gastronómica que se celebró en el Hospital Doctor José Molina Orosa de la isla lanzaroteña.
Hasta el archipiélago canario llevó la materia prima necesaria y elaboró para alrededor de 160 enfermos ingresados en este centro de Lanzarote un menú propio de estómagos valientes: fabada, patatas guisadas con centollo, escalopines al cabrales, merluza a la sidra y frixuelos rellenos de arroz con leche. Casi nada. Además, preparó chorizos a la sidra y empanadas para los profesionales de este hospital de Lanzarote que, además, degustaron sidra en una carpa instalada en las inmediaciones del centro. Todo con música de gaitas de fondo. Con él estuvo el también cocinero Luis León, autor de un espacio televisivo sobre recetas de cocina en Lanzarote. «Los pacientes se quedaron flipando y el 95 por ciento de los enfermos escribió en unas tarjetas que, por favor, no se marchara el cocinero asturiano», manifestó ayer Fernando Alonso, de nuevo en la cocina del San Agustín, donde ejerce como jefe de servicio. Su experiencia en Canarias, reconoce, ha sido satisfactoria.
Fernando Alonso trabajó durante veinticinco años de cocinero en distintos locales en Suiza. También hizo sus pinitos en hoteles. De regreso a casa, a Asturias, entró como responsable de cocina del hospital avilesino. De eso hace ya dieciséis años. Cada día prepara comidas para unos trescientos pacientes ingresados en el San Agustín, más los platos que su empresa -Mediterránea de Catering- sirve a dos centros de salud mental de Avilés y cinco de Oviedo. «El trabajo es llevadero, uno se acostumbra a todo», reconoce este hombre siempre de blanco impoluto y con un pañuelo azul al cuello, que se desenvuelve en la cocina igual que su tocayo en las pistas más rápidas.
«Llamarme Fernando Alonso me ha traído algún que otro contratiempo, aunque sin mayor importancia. Cuando este chaval saltó a la fama tuve que poner el teléfono de casa a nombre de mi mujer porque recibía unas cuatro llamadas al día, todo confusiones», asegura. En Lanzarote también le preguntaron por la coincidencia. «Pensaban que éramos primos», bromea. Lo suyo es el buen hacer lento de la cocina con mimo, no las prisas del asfalto.