Cuando Nieves Cuesta encontró la libertad

Tras una vida marcada por la Guerra Civil y el exilio en la Unión Soviética, esta mierense de nacimiento recaló en Avilés junto a su marido en 1957 para empezar de cero

 
Nieves Cuesta, en el salón de su casa, en Llaranes.
Nieves Cuesta, en el salón de su casa, en Llaranes. 
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MIKI LÓPEZ Nieves Cuesta, niña de la guerra que recaló en Avilés un año después de la puesta en funcionamiento de Ensidesa tras casi 20 años de exilio en la Unión Soviética, es la primera protagonista de la serie «Avilesinos con historia». Con esta sección que hoy se estrena, LA NUEVA ESPAÑA de Avilés repasará semanalmente la vida de aquellos avilesinos, tanto de cuna como de adopción, que han colaborado a construir, con su esfuerzo y su talento, la ciudad.



Cuando Nieves Cuesta, junto a su marido Ángel Lago, llegó a Avilés en 1957 encontró la libertad, a pesar de llegar a una tierra que se encontraba bajo el yugo de un régimen dictatorial. Sin embargo, Avilés era otra cosa. Justo un año antes, Ensidesa había comenzado a operar y la ciudad, hasta 1956 una villa marinera, se había convertido en el máximo exponente del desarrollo industrial español. Nieves Cuesta había nacido en Mieres en 1926. Su marido, Ángel Lago, había visto la luz a escasos kilómetros, en Moreda. Sin embargo, ambos se conocieron en Moscú. Sus familias, de marcada tradición comunista, huyeron hacia la Unión Soviética tras el triunfo de los franquistas en la Guerra Civil. Tras veinte años en el exilio, tocaba volver a casa.



Lago, perito de profesión, probó suerte en Alicante, la ciudad adoptiva de su esposa, pero no encontró nada convincente. Desde Asturias les llegaron noticias del florecimiento de Ensidesa. Una carta de recomendación del gobernador provincial de la época le sirvió a Ángel Lago y su familia para incorporarse a la empresa siderúrgica. Lago comenzó como ajustador, pero ascendió rápidamente a maestro industrial. «Un currante», como lo califica su viuda.



Nieves Cuesta había llegado a Avilés con el miedo metido en el cuerpo. En la Unión Soviética, la maquinaria propagandística se encargaba de diseminar entre la población que en la España franquista se vivía en la más estricta pobreza. «Nos decían que la gente iba descalza por la calle», recuerda Nieves Cuesta. El temor del matrimonio se acrecentó con los férreos controles a los que hubieron de someterse para entrar en España. Maratonianos interrogatorios en los que se comprobaba que los repatriados no constituían un riesgo ideológico para el régimen. «A mi no me dieron mucho la lata, pero a mi marido, que había trabajado en una fábrica de motores de aviación, pues imagínese lo que fue aquello», rememora la vecina de Llaranes.



El temor era grande, pero las ansias de regresar a España, aún mayores. Los riesgos merecían la pena. Sin embargo, la incertidumbre desapareció una vez pisaron suelo avilesino. Ellos, nacidos en Asturias, eran en realidad emigrantes como el resto de sus 20.000 nuevos vecinos, llegados de todos los puntos geográficos de España, al igual que Nieves Cuesta y Ángel Lago buscando un nueva vida, un inicio desde cero. El poblado de Llaranes, en 1957, era un hormiguero de gentes, un ir y venir constante en busca de una realidad desconocida, una esperanza intuida. «No teníamos más que lo puesto y, al llegar, nos metieron en una casa que compartíamos con otras familias que tampoco tenían nada. Con el tiempo ya nos ubicaron en una casa propia, en la calle Monte Aramo», recuerda Nieves Cuesta.



El matrimonio comenzó entonces a paladear las mieles de aquella Arcadia que constituía Llaranes dentro del gris panorama español. Ensidesa y su maquinaria colosal salvaguardaba la moral de sus trabajadores a costa de envolver en celofán la realidad cotidiana. «Ensidesa se ocupaba de todo: teníamos un economato, nos daban plaza gratis en el colegio, sólo nos cobraban 50 pesetas de renta, nos proporcionaban carbón sin cobrar un duro. Por hacer, hasta nos cambiaban las bombillas si se nos fundían. Venía un técnico a casa y ¡hala! Era un progreso», destaca Cuesta.



Un término, progreso, que Nieves Cuesta y su familia habían tardado en conocer 32 años, edad con la que volvieron a España. La empresa siderúrgica había instalado un tranvía que comunicaba Llaranes con el centro de Avilés. Los habitantes del barrio adquirieron, de este modo, un sentimiento de identidad propia. «Todos habíamos llegado de fuera y luchábamos por labrarnos un futuro. Convertimos el poblado en nuestro hogar a base de colaborar entre nosotros, de ayudarnos mutuamente. Era un ejemplo de amistad. Venir a Llaranes fue la mejor elección de nuestras vidas. Nunca nos arrepentimos», comenta Nieves Cuesta.



Con un empleo en Ensidesa y las esporádicas clases particulares de idiomas que impartía Nieves, la familia Lago Cuesta comenzó a disipar de su memoria los oscuros episodios en los que sus vidas se habían dividido hasta ese momento. Una historia que tiene su génesis en 1934, con la Revolución de octubre. Nieves vive con su familia en el pueblo mierense de Ablaña. El padre, José Cuesta, es minero y comunista. Apoya la rebelión y acompaña a sus compañeros al frente. Cuatro días más tarde, un tren llega a la estación de Mieres. Nieves y sus cinco hermanos, que se habían trasladado a la Pereda, reciben la noticia de que en el convoy viaja su padre. La información es certera.



José Cuesta descendió del vagón, le dio un beso a cada uno de sus hijos, entregó 75 pesetas a Nieves, la mayor, y se fue. Los suyos no volvieron a verlo.



Huérfanos de padre, Nieves Cuesta y sus hermanos fueron recogidos por el Socorrro Rojo Internacional y dados en adopción a varias familias alicantinas. A Nieves le tocó en suerte los Guardiola. El padre de familia, Antonio, agricultor, es secretario general del Partido Comunista de Alicante cuando estalla la Guerra Civil. Antonio Guardiola ejerce labores de despacho. No guerrea en el frente. Alicante es el último reducto republicano, por lo que las acometidas franquistas se recrudecen. Nieves crece con la angustia de los bombardeos. Alicante cae y la vida de los Guardiola se desmorona. Antonio se ve entre la espada o la pared. «Era el exilio o el paredón», señala Nieves. Optan por el exilio a la Unión Soviética.



Lo que parecía el inicio de un viaje hacia la libertad fue, en realidad, lo más parecido al infierno. El mítico barco «Stanbrook», en el que miles de republicanos huyeron de España, recaló en Alicante. Miles de personas esperaban en el puerto. Era una trampa. En el interior no había sitio para todos. Sólo aquéllos con cargos políticos, como era el caso de Antonio Guardiola, pudieron embarcar. El resto se quedó en tierra. Muchos, ante el abismo que se abría ante sus pies, optaron por suicidarse allí mismo. Nieves escapó de aquella escena dantesca por los pelos: tuvieron que izarla con una cuerda e introducirla en el barco por una escotilla para arrancarla de la muchedumbre que intentaba abordar la nave.



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