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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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RICARDO SOLÍS Cada mañana de su infancia, Germán Blanco se asomaba a la ventana de su habitación, en la casa de Larrañaga, desde donde oteaba la intensa actividad que en la década de 1950 acogía la ría de Avilés. Aquello le parecía el no va más. Mejor que el cine. «El muelle estaba lleno de barcos; por un lado estaban los mercantes y por otro los pesqueros. Era un entrenamiento diario», rememora. Ahora, desde su garita de la cafetería Germán, en la calle de Emie Robin, justo frente a la morada de su niñez, observa cómo el Niemeyer toma forma sobre las mismas aguas en las que las embarcaciones le hacían soñar de pequeño en que otros mundos eran posibles. El escenario ha cambiado, pero la mirada no. En los ojos de Germán Blanco se refleja medio siglo de historia avilesina.
El Germán presenta un interior añejo, tirando a rococó. Nada ha cambiado desde que el abuelo de Germán Blanco, que se llamaba como él, lo abriera en 1935. Las paredes saben a café y tabaco, a tertulias acaloradas, a preparaciones de revoluciones, la mayoría fracasadas. Otras no. En realidad, no todo permanece igual. En la última remodelación, Germán cubrió las paredes de espejos, a modo de toque de modernidad y para dar sensación de amplitud. El año pasado, además, su actual propietario causó una pequeña conmoción entre la clientela al cambiar, sin avisar, la legendaria televisión que dominaba la estancia desde un lateral de la barra. Una tele, aquella, que el padre de Germán Blanco, Mario, había comprado con ocasión del Mundial de fútbol de 1974, en Alemania. Un Mundial, por cierto, en el que España no participó. Un plasma ha tomado su lugar, aunque al Germán no se va a ver la tele. Se va a paladear su excelente café, que conserva la fórmula antigua, a comer, a jugar al parchís, a probar sus compuestas y, sobre todo, a hablar mientras se fuma. Y mucho. Un cartel tras la barra, recuerda, casi insiste, en que en el local «se puede fumar», al menos de momento. Las tertulias del Germán han reunido, a lo largo de las últimas siete décadas, a los agentes más activos de la sociedad avilesina, que iban, y aún van, a desmenuzar la realidad local, a comérsela y a regurgitarla luego. Avilés se respira en cada una de sus esquinas.
Germán Blanco creció y, casi, se educó en la cafetería. «Mi abuelo tenía un ojo tremendo para los negocios y, como vio que por la zona había mucho movimiento, porque está cerca del puerto y de la ría, empezó a promocionar a un montón de actividades deportivas. Daba trofeos y también soltaba algo de dinero. Aquello le proporcionó, primero, publicidad y, luego, clientela. Y así empezó la cosa», recuerda Blanco. Su abuelo, el ideólogo del establecimiento, comenzó a patrocinar (en aquellos tiempos, este término no se utilizaba) competiciones de piragüismo y ciclismo. Tanto, que las vueltas ciclistas de Pascua y San Agustín tenían al Germán como punto de salida y de llegada. El resultado: clientela.
A medida que crecía el número de habituales, crecía la actividad en torno a la barra en «U» del Germán. En un tiempo en el que el silencio era ley, la cafetería concentraba tertulias que, con el reglamento en la mano, podrían calificarse de ilegales bajo el prisma franquista. Algunas era inocentes. La primera, por ejemplo, era futbolística, como no podía ser de otra manera. «La gente se juntaba a escuchar los partidos de Liga por la radio y de ahí nació la peña "La Escucha"», recuerda Germán Blanco. La cafetería también fue el origen del campeonato avilesino de mus. Y ahí comienza la «vida laboral» de Blanco, como ayudante de Lalo Guardado, «El panadero», delegado del campeonato. «Le ayudaba a hacer la pizarra de las partidas, a poner las cartas en la mesa? no me perdía una partida. Tenía muchísima afición pero, curiosamente, en mi vida he jugado al mus», comenta el hostelero avilesino. Con ocho años, Germán Blanco sintió que su vida comenzaba a cambiar. Permanecía durante horas en la cafetería que regentaban su abuelo, un lince, y su abuela, María Antonia Varela, una cubana recia y marcial. Blanco aprendió lo que era Avilés a fuerza de escuchar aquellas tertulias con Los hermanos Astuy, los Hurlé, Murat, David García, que regentaba la confitería San Francisco, o Caneiro, un tío suyo.
Germán Blanco nació y creció con Ensidesa. El asentamiento de la empresa siderúrgica en Avilés representó un aluvión, de la noche a la mañana, de miles de nuevos habitantes que buscaban en la ciudad un nueva vida, la misma de la que comenzaba a disfrutar Avilés. Aquella nueva realidad fascinaba a Blanco. «La ciudad estaba llena de gente y la clientela del bar se multiplicó. Aquello era un hervidero», recuerda. Avilés había cambiado. «De ser un pueblo pesquero y tradicional, pasó a ser una ciudad industrial, pero la transición fue ejemplar. La gente que vino de fuera se adaptó muy bien, y también hay que decir que los avilesinos los aceptaron muy bien. De lo contrario, la industrialización hubiera sido un fracaso y Avilés no hubiera sido la ciudad que es hoy», explica Germán Blanco.
La década de 1970 supuso un punto de inflexión en la vida del hostelero avilesino. Blanco había iniciado estudios de Ingeniería de Minas en Oviedo, pero la carrera se le atragantó. «Me sentía agobiado y lo dejé», se justifica. En realidad, la llamada de la tradición familiar era más fuerte. «Me licencié en ingeniero "de barra" y no me arrepiento y no lo cambio por nada».
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