E. CAMPO
El «amigo» número 1.000 del Centro Niemeyer se llama Miguel García Fernández-Jardón, tiene 30 años y es un arquitecto ovetense que trabaja desde hace once meses en Vietnam. El equipamiento cultural llega con él al millar de contactos a través de la red social Facebook, en el marco de su filosofía de llegar al público joven mediante las nuevas formas de comunicación. Así, tal y como señala Pedro Zuazua, responsable de comunicación, el Niemeyer está también en Twitter y en Youtube, donde dispone de un canal propio: «La pertenencia a estas redes sociales permite a los contactos del Centro Niemeyer conocer las noticias en tiempo real, solicitar invitaciones para los eventos y realizar consultas».
Miguel García aprovechó las vacaciones navideñas para echar un vistazo a las obras del Niemeyer y conocer el proceso constructivo de la obra del brasileño centenario, por quien confiesa gran admiración. La vocación por la arquitectura le llegó a este ovetense mientras estudiaba en el Colegio Los Robles, y por eso con 18 años se fue a Madrid a estudiar la carrera. En el año 2004 comenzó a compatibilizar los estudios con el trabajo en el estudio de arquitectura de Bernardo de Pablo Alba, y eso le llevó a tomar contacto con Vietnam, un país «perfecto» para crear edificios y en plena fase de expansión.
«Hicimos varios trabajos para Vietnam, pero nos dimos cuenta de que había que abrir una oficina allí», explica. Por eso, después de terminar la carrera se embarcó en la fundación Galo Arquitectos, una empresa destinada a la apertura de delegaciones en distintas partes del mundo. Actualmente ya son tres: Venezuela, Pensilvania y Ho Chi Minh. Y en esta última, en la ciudad más grande de Vietnam, es donde trabaja Miguel García. «Para involucrarse hay que vivir allí y conocer sus costumbres. Ellos necesitan ver una cara para poder negociar», explica. ¿Y por qué ese interés por Vietnam? «Es un punto geográficamente muy bien situado y tiene unas características increíbles», explica. Un masterplan de un millón de metros cuadrados, arquitectura residencial en primera línea de playa y 1.800 viviendas en ejecución son algunos de los proyectos en los que está enfrascado. «Tienen unos paisajes incomparables, queremos hacer una arquitectura que no destroce el entorno», asegura.
Quizás ése no fuera su sueño cuando estaba estudiando la carrera. Pero ahora ya no lo cambia por nada. «Y no es sólo lo que les puedas enseñar a ellos, se trata de compartir y aprender», afirma el arquitecto. Los primeros meses de estancia fueron los más difíciles, para adaptarse a una cultura totalmente diferente. «Ellos están contentos con este tipo de arquitectura que les estamos dando, y las soluciones sociales que planteamos, porque ellos piensan sólo en construir rápido, pero no es lo único que se debe de tener en cuenta», matiza.
Del Centro Cultural Oscar Niemeyer, Miguel García destaca no sólo el continente, sino también el «relleno», el contenido. «Me parecen muy atractivas las ideas de la fundación para un proyecto que nació con el objetivo de transformar una zona marginal de Avilés». Los grandes aciertos del conjunto, en su opinión, son el encuadre elegido, que acentúa las vistas de la ría, y la «grapa» que salvará la barrera ferroviaria. La construcción del Niemeyer está dando que hablar entre los profesionales de la arquitectura, y él se mantiene informado mediante la prensa digital. La Isla de la Innovación, la nueva área de desarrollo urbanístico junto al Centro Niemeyer, le parece al arquitecto muy atractiva. «Sería un sueño trabajar en un proyecto así», concluye.