POR: JUAN CARLOS GALÁN
A Bernardo Varela, una partida de escoba le salvó la vida en 1988. El pesquero «Nueva Traviata» navegaba hacia Avilés entre la niebla del amanecer cargado de cinco toneladas de sardinas que sus tripulantes habían capturado en la zona de Aboño, en Carreño. Los pescadores, cansados, decidieron recogerse hasta tocar costa. Sin embargo, el maquinista Varela debía hacer vigilia y controlar el funcionamiento del motor. Para evitar la soledad, convenció a algún compañero insomne para acortar la espera jugando a las cartas. El creciente fragor de las partidas y la bonanza del mar imbuyeron a los jugadores en una especie de trance hasta que un golpe de mar les sacó de su ensimismamiento. «Sentimos un trallazo. Habíamos embarrancado en Los Merendales, en la zona de Peñas», recuerda, aún tembloroso, Varela.
El maquinista reaccionó automáticamente y bajó a la sala de máquinas, su hábitat natural: el agua ya había llegado a las planchas del motor. La situación era desesperada. Sus treinta años de experiencia le permitieron mantenerse lúcido cuando el resto de la tripulación había perdido la templanza. Varela mandó: «Avante todo hacia la playa de Llumeres», asumiendo las funciones del inexperto patrón. «Nadie sabía abrir una balsa. Yo logré abrir una en la que cogíamos nueve, cuando la tripulación era de trece personas de las cuales seis no sabían nadar», rememora Varela. La situación se tornaba dramática.
Los tripulantes del «Nueva Traviata» sabían que navegaban por una zona peligrosa en la que se habían ido al garete muchos barcos en el pasado. El ímpetu de Varela, que no dudó en lanzarse al mar, hizo que los otros seis pescadores que sabían nadar lo emularan. No había tiempo que perder: sus compañeros que habían escapado en balsa ya casi tocaban tierra firme y el barco podía hundirse en cualquier momento. Nadaron durante casi dos horas hasta llegar al cabo Peñas, donde encontraron refugio en el interior del faro. Una partida de escoba había salvado la vida de Bernardo Varela: «Si en vez de estar en el camarote jugando a las cartas, hubiera estado en la sala de máquinas, que es donde debería haber estado, no hubiera salido de allí. El agua entró muy rápido y me hubiera ahogado en unos minutos», sentencia el pescador afincado en el barrio del No-Do.
La mujer de Bernardo Varela, Lola López, Había desarrollado un sexto sentido a fuerza de esperar a su marido en la soledad del hogar en aquellas interminables jornadas de faena. Por eso, un súbito estremecimiento le invadió en el mismo momento en el que Bernardo luchaba por salvar su vida en medio del oleaje. Una vecina, que se había enterado de rebote, se lo comunicó horas más tarde: «No querían decirme nada, porque la situación era mala, pero yo ya lo sabía», señala Lola, que recibió la confirmación del suceso en la mañana de aquel día de San Mateo de 1988 por propia boca de su marido, que la telefoneó desde el faro de Peñas.
Más de media vida juntos les había ligado con un cordón etéreo. A Lola, Bernardo Varela la conoció en una especie de epifanía, de visión reveladora. «Habíamos llegado a la playa de Foz en una barca a remos para descargar pescado y allí estaba ella, en la arena, y me pareció preciosa», recuerda Varela. Lola López aguardaba el regreso de su primo, que se había ido con su novia a un lugar resguardado de la playa para disfrutar de un momento íntimo. Bernardo se bajó de la barca, se fue derecho a la muchacha y le pidió su dirección. Lola, que sólo tenía 14 años, aceptó el cortejo. Dos años más tarde se casaron.
El matrimonio fue definitivo para que Bernardo Varela dejara la marina mercante y los largos periodos sin pisar tierra firme. Estaba cansado y Lola le había devuelto la energía. Varela había surcado las aguas por primera vez a los catorce años. Llevaba la marinería en los genes, puesto que su padre, Rogelio, y sus hermanos eran pescadores.
Después de unos años dedicados a la pesca menor, Varela se decidió por la marina mercante. Aquella vida de mecánico en alta mar le desgastó. Lola se había convertido en su faro y su luz lo atrajo hacia Burela, en la provincia de Lugo. «Quería estar cerca de mi mujer», señala Varela, que encontró un hueco en la tripulación del «Pena da Rapadoira», que se dedicaba al arrastre. Los marineros formaron una cooperativa, pero resultó un fiasco. «Cada mes pagábamos nuestra cuota pero nunca llegaba a Madrid. Alguien se la quedaba en Lugo, así que nos quitaron el barco», recuerda Varela. Desesperado por la falta de empleo y por las bocas que debía alimentar (su mujer y dos hijos), Varela no dudó ni un instante en aceptar la oferta de un armador para probar suerte en Avilés. Convenció a Lola, liaron el petate, y llegaron al No-Do en junio de 1985.
En realidad, Avilés ya había aparecido en la vida de Bernardo Varela con anterioridad. Su padre, Rogelio, había participado en las labores de construcción de Ensidesa y la empresa, en contraprestación, le había ofrecido un puesto de trabajo. «Mi padre había aceptado, de hecho mis hermanos y yo ya teníamos plaza en los Salesianos, pero a última hora mi madre se echó atrás», explica Bernardo Varela. Así, con 42 años, el pescador se asentaba en la ciudad que había estado a punto de ser su hogar treinta años antes. La primera impresión fue mala. Avilés era una ciudad sucia y contaminada. 2Había que cambiar de ropa a los críos hasta tres veces al día porque las paredes estaban negras», recuerda Varela. Además, el recibimiento no fue bueno: «Nos llamaban gallegos hasta que un día, a aquellos que nos trataban mal, les cantamos las cuarenta», señala Lola López.
El matrimonio se asentó en el No-Do justo cuando el barrio recibía un importante flujo de inmigrantes. «Nada mas llegar nos hicieron socios de la Cofradía "Virgen de Las Mareas" y nos concedieron una vivienda en la calle Corbeta, la misma donde hoy vivimos. Había mucha necesidad de trabajadores y no se podían permitir el lujo de dejarnos escapar», recuerda Varela. Las malas impresiones iniciales se disiparon pronto. El carácter solidario y conciliador de los vecinos del barrio de pescadores facilitaron la adaptación de la familia recién llegada. «La gente demostró ser entrañable y nos enamoró», señala emocionada Lola López, que no puede olvidar el gesto de una vecina que le ofreció un puesto de trabajo en una tienda cercana al lavadero del No-Do.
Biografía
Bernardo Varela nació en la localidad coruñesa de Ponteceso el 5 de abril de 1943 en una familia dedicada por entero a la pesca. Tras unos años en la marina mercante, optó por instalarse en Burela (Lugo) tras casarse con Lola López, hasta que llegó a Avilés en 1985. Estuvo a punto de perecer en dos ocasiones, pero la suerte y su arrojo le permitieron salvar la vida. Se jubiló a los 49 años debido a una colitis ulcerosa. Su vida es el relato de un superviviente de la mar, alquien que sabe que la suerte y la pericia, en ocasiones, te salvan.
Varela comenzó faenando en aguas de Avilés, Luarca o Ribadesella. Luego, probó suerte en la pesca de pincho por Italia, por Irlanda, y por el Norte de África. El sueldo era satisfactorio (el 60 % de los beneficios iba a parar al armador y el 40 a la tripulación) y, cuando navegaba por la costa asturiana, Varela dormía todas las noches en casa. Sustos, hubo unos cuantos, pero el maquinista coruñés siempre apeló a su regla dorada: «Del mar nunca hay que fiarse». Fue ese instinto el que libró a la tripulación del «Virgen poderosa» de perecer en las costas de Marruecos. «Aquello estaba cerrado de niebla y no teníamos ni radar. Yo sabía que estábamos tardando demasiado en llegar a Safí, nuestro destino, y subí al puente a preguntar el por qué del retraso cuando, de repente, oí un zumbido terrible. Era el mar, que había roto en la popa. El patrón era muy confiado y no supo reaccionar. Estuvimos siete horas a la deriva hasta que nos rescataron unos pescadores», recuerda. Tampoco puede olvidar cuando, gracias a una vertiginosa reacción, consiguió dar marcha atrás cuando el barco se iba derecho a encallar en la zona de La Barra, en la costa avilesina.
Quizá tantas situaciones desesperadas le provocaron una colitis ulcerosa que le obligó a jubilarse con 49 años, en la flor de la vida. Comenzaron tiempos difíciles. Su mujer, Lola, tuvo que ponerse a limpiar portales. «Me hicieron polvo la vida. El Estado sólo me pagaba 94.000 pesetas al mes. Peor fue lo de la Cofradía. Tantos años de socio y sólo me dejó una pensión de 30 euros», lamenta Varela, muy crítico con la actuación de "Virgen de Las Mareas". «Nunca se preocuparon por los pescadores y, ahora, quieren vender unas casas que son nuestras, de los trabajadores. Cuando nosotros muramos, nuestros hijos no podrán heredar esta casa», lamenta. Tampoco ve claro el futuro de la pesca avilesina. «No es que Avilés se haya alejado del mar, pero las condiciones de los pescadores son malísimas: el suelo es muy bajo y muchas veces se pasan la noche en el mar. Así es imposible. Cuando yo llegué a Avilés, había 17 barcos de cerco. Hoy, deben de quedar cuatro. El resto, o los han vendido o los han desguazado», explica Varela. A pesar de la situación, a la familia de Bernardo Varela Avilés les sigue pareciendo el mejor lugar para vivir, aunque algunas decisiones municipales les hayan decepcionado: «Un gobierno de izquierdas no puede privatizarlo todo, y en Avilés se ha hecho. Ni el agua es nuestro ya», sentencia.