VICENTE MONTES VICENTE.MONTES@EPI.ES
En ocasiones, en el complejo universo de los sentimientos se forman nudos, bloqueos, ataduras que nos hacen plegarnos sobre nosotros mismos. Hay quienes los superan sin demasiados aspavientos: casi con mimo desatan el lazo y siguen adelante. Otros, yo me incluyo, nos tomamos tiempo en ir desanudándonos hasta que logramos liberarnos. Entonces comprendemos el sinsentido en que andábamos enredados, pero resulta inevitable no caer en las vueltas y vueltas del inconsciente, los complejos o el miedo. El psiquiatra Ronald Laing lo explica en forma de deliciosos cuasi poemas en un librito titulado, precisamente, «Nudos». Viene esto por alguien con quien suelo cruzarme por la calle: a veces me reconoce y me saluda, otras no. Me la encontré ayer por la mañana: absorta, ensimismada, con ese gesto de ceño fruncido y mirada extraviada que muestran quienes llevan años perdidos en el enredo de su propia mente. Pienso entonces que a veces los nudos se vuelven gigantes, tanto como para atenazar para siempre una vida entera.