Filgi Claverie (Biarritz, Francia, 1959) es el director general de la «Dantzaz Konpainia», que llega esta noche (20.15 horas) al teatro Palacio Valdés con el espectáculo de ballet «1.01», una antología coreográfica con banda sonora de Björk, Arvo Pärt y Mercedes Sosa.
-No hace mucho pasaron por Avilés, pero con otro nombre.
-Tiene razón. Ésta será la segunda visita al Palacio Valdés. Hemos cambiado de nombre porque hemos cambiado de proyecto artístico. Antes éramos el «Ballet de Biarritz» y ahora nos presentamos como la «Dantzaz Konpainia».
-¿Qué le pasaba al anterior proyecto?
-Nos interesaba trabajar con más coreógrafos y con nuestro anterior planteamiento nos limitábamos a uno solo. Trabajar con más coreógrafos nos permite ampliar la estética. Colaboran con nosotros bailarines de Países Bajos, de Alemania y de España. Es mucho más interesante el plan que llevamos a cabo ahora que el que teníamos antes. Los espectáculos son más diversos y, en consecuencia, nuestra oferta es más amplia.
-¿Tan amplia como para bailar al son de Björk?
-El coreógrafo canadiense Eric Gauthier, que normalmente trabaja para el Ballet de Sttutgart (Alemania), fue quien nos propuso esa idea: un solo, que es como un chiste clásico, y unos dúos que son historias de amor donde se exponen tres de sus tipos: el romántico, el loco y el, quizá, más intelectual...
-¿Amor para todos los públicos?
-La coreografía de Eric Gauthier se funde con la música de Björk; todos nos vemos en las tres historias de amor que se proponen sobre el escenario.
-El «Ballet de Biarritz» era una escuela para bailarines. ¿Pasa lo mismo con la «Dantzaz Konpainia»?
-Desde luego. Tenemos con nosotros bailarines entre 18 y 22 años. Los formamos durante al menos tres años para intentar que sean profesionales. En los conservatorios se enseña buena técnica, pero falta el paso siguiente: enfrentarse al trabajo diario, a estar a la hora convenida en el teatro, a tener delante a los espectadores. De eso nos ocupamos nosotros. Somos artesanos que moldeamos bailarines para que ensayen seis o siete horas diarias.
-Los moldean y luego les dejan la puerta abierta...
-Eso es. Hacemos audiciones a bailarines de todas las partes de Europa. De los 40 con quienes hemos trabajado en estos siete años, 35 se han hecho profesionales. Es una buena estadística. Tenemos a dos en el Ballet Nacional de Marsella, otro en Lorena, tres en Alemania y uno, incluso, en Australia.
-¿Orgullo o traición?
-Orgullo, orgullo. Que nuestros bailarines triunfen significa que lo que hacemos en la «Dantzaz Konpainia» tiene su fruto.
-¿Quiénes forman parte de la actual compañía?
-Españoles, franceses, italianos, un belga... Pasaron suizos, ingleses. Cada año seleccionamos a una decena de los 150 que se presentan a nuestras pruebas de ingreso.
-¿Cuándo son las de este año?
-A finales de mayo. Lo anunciaremos en revistas especializadas. Los candidatos presentan sus currículos y sobre ellos hacemos una primera selección. Llamamos a 50 para que se presenten en San Sebastián, donde tenemos la sede. Tienen que presentar una pieza clásica y otra moderna.
-Porque ustedes no se limitan a coreografías clásicas del estilo al «Cascanueces».
-Hay otras cosas que el «Cascanueces». Queremos que el público disfrute de verdad con el espectáculo de ballet sin que tengan que pensar en lo que quiso decir o no el coreógrafo. Queremos que el ballet ofrezca placer.