Myriam MANCISIDOR
Barça-Sevilla. El partido de fútbol del sábado noche -hace una semana- parece atractivo: los de Pep Guardiola pueden hacerse campeones de invierno. Son casi las diez de la noche. Vibran los culés y también los merengues. Cosas del fútbol. Y los avilesinos aficionados al esférico apuran el paso. Todos quieren ver a los suyos en pantalla grande. Mientras Messi calienta en el campo, los agentes del turno de noche de la Policía Local se preparan también para una noche de trabajo que seguramente recibirá menos vítores. Comienza el turno en el cuartel de la calle José Cueto y LA NUEVA ESPAÑA acompaña a los agentes en un vehículo oficial de la Unidad Operativa de Servicios -bautizado «Oscar»- durante todo el servicio. La noche se resume, tras ocho horas de patrulla, con dos detenidos, el hallazgo de dos menores fugados de sendos centros de internamiento, alcoholemias, sanciones por orinar en la vía pública y la elaboración de numerosos partes. Los agentes se dejan en cada turno los ojos y, en ocasiones, también la familia.
El inspector Javier Lozano despide a los colegas que vigilaron la ciudad durante la tarde: «Buenas noches, buen trabajo», les dice a modo de recompensa. Casi al mismo tiempo recibe a los agentes que recorrerán la ciudad al compás de los sonámbulos. Antes de que un reloj de más de treinta años marque el horario de salida del cuartel, los policías se reúnen en la sala de servicios. Lozano les informa de cómo ha ido el día y les pone deberes: controlar los barrios, posibles «botellones» en Cabruñana y Hermanos Orbón? Cada uno de estos lugares se recorre al menos tres veces por turno y de cada intervención se elabora un parte. Es la hora. «¡Agentes, tengan cuidado ahí fuera!», concluye el inspector igual que el sargento Phil Esterhaus en la serie «Hill Street Blues».
En el cuartel se quedan Marcelino Álvarez Cuervo, encargado de elaborar los atestados de su turno, y José Manuel Villabrille, al frente del Centro de Control de Tráfico en la centralita del 092: su voz es la que primero escuchan las personas que reclaman ayuda. Villabrille y Álvarez se rigen por el temple. La noche se presenta apacible, apenas entran llamadas y el fútbol mantiene a los avilesinos bajo techo. Pero todo puede cambiar en un santiamén.
Los policías avilesinos no desperdician, aseguran, ninguna llamada. Accidentes de circulación, alcoholemias, desórdenes públicos, fugas de agua, incendios, baches en la calzada, animales sueltos, ruidos elevados en locales de copas, hurtos o trapicheos de droga centran la mayoría de las intervenciones de los policías locales de Avilés. Los agentes abrieron, sólo en 2009, más de trescientas diligencias judiciales a conductores ebrios. Tras los sábados, los días de más trabajo para los agentes son los lunes debido a la celebración del mercado. De las últimas semanas tienen grandes bolsas que requisaron a los vendedores ambulantes en la oficina de objetos perdidos.
Para los agentes, dos de sus máximas prioridades son atender los casos de violencia de género y tráfico. De ahí, según los uniformados, que la puesta en marcha del Centro de Control de Tráfico haya sido todo un avance. En el cuartel avilesino hay también un pequeño calabozo y, entre otras dependencias, un cuarto de estar con máquinas de café y refrescos, horno microondas y nevera. «El flujo de personas es continuo y se aprende a convivir», subraya Lozano, que se vistió de Policía Local hace 17 años y aún recuerda a su primera víctima mortal. «Atendemos accidentes urbanos y es probable que la familia acuda al lugar. Entonces no hay lugar para sentimentalismos», confiesa. Los agentes casi siempre son los primeros en llegar y mitigan el dolor ajeno con tesón.
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