SAÚL FERNÁNDEZ
Los ritmos islandeses de Björk sorprenden cuando se dejan moldear por los bailarines de la «Dantzaz Konpainia»: tres historias de amor; desde los números a la independencia bajo los focos autónomos y las paciencias desbocadas. Los diez primeros minutos de «1.01» atraparon a los espectadores en sus butacas. Tres dúos sobre el amor, con música rara y con voz singular. Parejas que se aman como se aman las parejas. Los pasos de baile cuentan historias y los espectadores poco duchos se rindieron a la compañía vascofrancesa, por aquello de la mimesis aristotélica: lo que sucede sobre el escenario es fiel reflejo de lo que sucede en el mundo que es real y que está helado. Lo llamativo es que la transmisión del mensaje se haga a a partir de los movimientos del cuerpo, pero es que el lenguaje gestual explica el mundo más extraño.
La segunda pieza -después de un cambio de escenografía alargado demasiado en el tiempo- fue un festival de silencios, de abrazos... todo a ritmo minúsculo del compositor estonio Arvo Pärt, una suma de silencios y cuerdas sobre unas tablas a oscuras... Movimientos libres de una decena de bailarines que recorren la escena como en una sinfonía. Y aquí, los espectadores atrapados ya se dejaban conquistar. El nivel de los aplausos se acrecentó sobresalientemente... El público avilesino es tímido y eso de aplaudir al final de cada número no es una de sus especialidades. La narración coreográfica resultó tremenda: el amor del silencio del primer número acongojó, las 101 posiciones divirtieron (aunque el chiste final llegó un pelín tarde), el baile de las manzanas siguiendo los versos de Mercedes Sosa («Todo cambia») sobrecogieron...
El Palacio Valdés, en su primera función del año, celebró, al final, exaltado, el trabajo de lo jóvenes bailarines de la «Dantzatz Konpainia», los herederos del «Ballet de Biarritz», esta vez bajo la mirada más atenta de coreógrafos tan señeros como Eric Gauthier o Itzik Galili. Una antología de pequeñas danzas y mil aplausos para todos.