EUGENIO SUÁREZ
Esto de los toros y la energía nuclear es el cuento de nunca acabar y pretexto para opinar de cosas menos comprometidas o sobadas que la política. Malicio una coartada para escritores de periódicos, ayunos de temas, que quieren forjarse fama de progres y modernos, y es muy raro que aparezcan argumentos novedosos. Los toros son una fiesta que tiene partidarios y van a verla unos pocos, ya que, aparte del precio de las localidades, el aforo de las plazas es reducido. Podría comparárselos a la afición a la ópera, otro tema del que opina mucha gente y que, salvo una minoría, sobrevive con bastantes dificultades. En las óperas la gente muere a esgaya, hay asesinatos, suicidios, violaciones, parricidios y todo género de crímenes. Rara es la que no celebra el último acto con la muerte de un protagonista -que despacha su aria a grito pelado- o de los dos, entonando un fúnebre dúo apagado por la caída del telón.
Está claro que para amar la ópera es preciso no sólo una sensibilidad especial, sino conocimientos básicos para evaluar la destreza de los intérpretes y la calidad de la música, y eso ocurre con todas las actividades, especialmente, las lúdicas, como dicen los que parecen haber aprendido esta palabra en viernes. Es un lugar común que para enjuiciar cualquier cosa ha de mediar el entendimiento de sus factores. Harto se ha dicho que son indispensables las nociones específicas para jugar al ajedrez, incluso al parchís, y las grandes aficiones populares parten del previo saber las normas por las que se rigen. El fútbol americano, el rugby, el más popularizado tenis, requieren cierta ilustración, por la que se rigen, si no serían espectáculos ininteligibles y sumamente aburridos. Pocas cosas más latosas que los juicios necios sobre lo que se ignora. Como en todo, el extremo opuesto desanima a quien no desea ver en actividades de entretenimiento confusos y profundos entresijos casi filosóficos que deterioran el fin de una diversión convertida en ciencia infusa.
El fútbol, entre nosotros, es un espectáculo de masas que tiene su reglamento y limitaciones, en líneas generales bastante comprensibles, de ahí su gran popularidad. Otro tanto dirían los americanos de su deporte nacional para quienes han mamado la estrategia de los jugadores. El rugby, que tuvo y creo que tiene brotes de aficionados, podría despacharse afirmando que es una atrocidad donde un número determinado de hombre jóvenes se lanzan a partirles el espinazo a los adversarios, y, ciertamente, parece que muchos terminan lisiados de por vida. Es una opción que, a mi entender, no ha producido manifestaciones ni declaraciones en contra. En cambio todo el mundo, nativo o foráneo, opina sobre la tauromaquia y afirma con la mayor solemnidad que el animal sufre y es torturado. Nadie dice, salvo excepciones, que el delantero Fulano sea feliz cuando le hacen papilla el menisco o le parten la rótula, porque lo normal es que sean accidentes involuntarios. Admisible que el «panem et circenses» tenga sus detractores, pero en la Roma, faro del mundo, los gladiadores caían como moscas, y no digamos, durante una época, los cristianos.
No tengo conocimiento de que haya habido un antitaurino que -cada cual hace lo que puede- haya comprado uno, dos o más toros de lidia y los acoja en su jardín o en su parcela. ¡Claro que debe sufrir un toro!, de otro modo no embestiría una y otra vez al caballo desde donde le clavan una pica o se enrosca en el flaco cuerpo de un matador, engañado por un trapo generalmente rojo, color que está justificado cuando se cambiaron los capotes y muletas blancos, pues la sangre afeaba y perturbaba a los espectadores. Por algo se llaman aficionados a los partidarios, porque les gusta el espectáculo. No creo que los boxeadores se entreguen a ese duro deporte para disfrutar físicamente. Supongamos que se quisiera convertir en diversión pública la actividad de los cirujanos. Sacarían a hombros al que hubiera hecho una sutura perfecta o un trasplante elegante. Y le pitarían si anduviera mal de pulso en una lobectomía.
Ha vuelto a la actualidad el tema de los «cementerios nucleares». Aquí tropezamos con que los partidarios no han encontrado el vocablo enmascarador, la excusa sostenible para que no produzca rechazo. A mi pobre entender, la secretaria de organización del PP ha metido el remo en el asunto, creyendo haber alzado una bandera. De antiguo y por conocimientos familiares, me consta la seguridad de las centrales nucleares, mucho más fiables que pasar por debajo de unos soportales del siglo XVII. El alcalde de Yebra y otros, que reivindican el almacenamiento de los residuos, saben lo que hacen: convertir en rico el pueblo que gobiernan, sin necesidad de traficar con suelo urbanizable. Las tasas de radicación y vecindad de una central o un depósito de ese género significan unos ingresos y un incremento de trabajo por el que saldrían las navajas a relucir si no se le tuviera miedo a luchar contra la manida especie de su peligrosidad. Más tiene vivir junto a una presa hidráulica o al lado de la mina, pero mayor atractivo piar por un holocausto mundial que por un cruce de carreteras mal planteado o, como estamos sufriendo en la parte más cercana del litoral cantábrico, la desviación punible de posibles obras humanas, que alteran la fabulosa potencia del mar contrariado.
Podría llegar a creerse que los enemigos de esa admitida energía rebrotan en invierno, fuera de la temporada taurina, pues, curiosamente, suelen coincidir los adversarios del toro y de la fisión atómica, aunque sea con fines pacíficos. Y saltarían a la curiosidad pública los que se lleven un Victorino a su casa, le salven la vida y le mimen, o prefieran la vela y el candil a darle un toquecito al interruptor de la luz. Son opciones posibles.