El tiempo se ha detenido en la pequeña granja de los hermanos Francisco y Narciso Bango. A unos metros, el tráfico ruge y las gentes se abandonan a la febril actividad diaria. Las calles son una sinfonía. Sin embargo, justo en el centro de la pronunciada cuesta que lleva a la capilla de San Lorenzo de Cortina, en Llaranes viejo, la cuadra de los hermanos Bango es un remanso de paz. Si se afina el oído, puede incluso oírse el impacto de las gotas de lluvia, que en ese momento comienzan a caer sobre Avilés, contra los muros y el asfalto de los caminos. El cobertizo se extiende a los pies de la vivienda de los hermanos. Da la sensación de que primero se construyó el pesebre y luego la casa, pero fue al revés. Tras el portón verde que da acceso a la cuadra sólo el sonido metálico de algún apero al chocar contra el suelo o las paredes ofrece alguna señal de actividad. Es entonces cuando la puerta se abre y aparece Francisco, bastón en ristre y habilidoso sobre sus madreñas, que le costaron, de aquella, 3.000 pesetas. Se desplaza como si calzara zapatillas. Es natural: la granja ha sido su cuna, su hogar y quizá su lecho postrero. No ha conocido otra cosa. Su hermano, Narciso, tampoco.
El tiempo se ha detenido en la granja de los Bango, los últimos ganaderos de Llaranes. Ninguno de los dos danza al machacón soniquete del Niemeyer, al que se refieren como «eso que están haciendo donde la ría», sin más. Internet es, a sus ojos, la novena maravilla. El móvil, ni mentarlo. La casa de los Bango, a media luz en la tarde invernal, huele a hule y a café recién hecho. Una taza, con el mango de una cuchara asomando por el borde, descansa en el fregadero. La tele es un elemento decorativo y el tic-tac de un reloj de pared ameniza la atmósfera calmada. La estampa es curiosa: a lo lejos se perciben los torpes movimientos de los bueyes que cabecean mientras pastan en la cuadra. Por la ventana de la vivienda, escorando la cabeza a la derecha, se divisan las chimeneas de Ensidesa.
Primero fue la granja. Luego, la «fabricona». Francisco y Narciso vieron la luz en el mismo lugar en el que hoy día moran. También su hermano, José Manuel, acérrimo seguidor del Real Avilés, y ya fallecido. Sus padres, Lorenzo Bango y Julia Menéndez, habían decidido consagrar sus vidas a la ganadería y la agricultura en una aldea llamada Llaranes, alejada en los años 80 de cualquier atisbo de modernidad y cercana a Avilés, un pueblo burgués y pesquero. Desde que echaron sus primeros dientes, los hermanos Bango comenzaron a echar una mano a sus padres en las labores de la granja. «No había otro remedio», señala Francisco. «Por la mañana sacábamos el cucho, luego íbamos a la escuela de Don Floro y, cuando volvíamos, nos tocaba limpiar las vacas, sayar, andar a la huerta... y todos los días lo mismo», relata el menor de los hermanos Bango.
La vida en los primeros años de la década de 1930 no era fácil. La granja y los productos de la huerta daban para vivir al día. «No teníamos ni para calcetines pero, eso sí, tábamos fartucos. Matábamos los gochos y en la huerta había maíz, fabes, trigo, patatas... Para comer, no había problema», recuerda Narciso Bango. Y es que la granja de los Bango suministraba de víveres a toda la aldea de Llaranes. «Mi madre ya tenía un recorrido fijo, una clientela segura. Iba todos los días repartiendo leche por las casas, y la carne se la vendía a las carnicerías. Daba para lo justo, porque para jugar a la pelota teníamos que descalzarnos para que duraran los zapatos», rememora Francisco Bango.
Si la vida era, de por sí, dura, la situación empeoró hasta límites insospechados con el estallido de la Guerra Civil. Los hermanos Bango, que tenían 5 y 6 años respectivamente en el momento de la deflagración bélica, han decidido guardar poco de aquellos días en la memoria. Recuerdan, seguro, más de lo que cuentan. «Aquí en Llaranes estábamos un poco aislados del mundo. Oíamos silbar las bombas y mucha gente de Avilés subía hasta aquí, que estaba guarecido, para protegerse. Nos cambió mucho la vida, pero de la guerra recordamos poco», señalan, con un rictus que denota que el olvido es relativo.
Tras el término de la Guerra Civil y el inicio de la dictadura, a Francisco y Narciso Bango les llegó el momento de decidir su futuro. Ninguno de los dos sabía hacer otra cosa que no fuera cuidar del ganado y de las tierras de sus padres. «Estudiar, no podíamos, porque éramos muy burros. Tuvimos la oportunidad de entrar en Cristalería, pero ganábamos más con el ganado», reconocen abiertamente. Ni siquiera se dejaron engatusar por un proyecto del que comenzaron a oír hablar en los albores de la década de 1950: Ensidesa. «Un día, por sorpresa, vino un ingeniero de Madrid a hacer mediciones de las fincas de Llaranes, que era una aldea. A los pocos días comenzaron a expropiar terrenos. A nosotros no nos pidieron nada, pero a la gente que se negaba los echaba la Guardia Civil por la fuerza. Pagaban a 400 pesetas el metro de finca, que era una miseria, pero había que aceptar», rememora Francisco Bango. Desde la ventana de su cuarto, los dos hermanos divisaban la construcción del gigante industrial.
Al tiempo que Ensidesa crecía, a Avilés comenzaba a llegar una multitud de inmigrantes de toda España en busca de la supervivencia. «Menudas procesiones se montaban. Nos asomábamos a la ventana y veíamos llegar cientos de personas por el puente Azud», recuerda Narciso Bango. La vida, estaba claro, había cambiado para los avilesinos. «No había sitio dónde meter a tanta gente. Dormían donde podían: en naves abandonadas, en casas que alquilaba la gente de Avilés... hasta en la cuadra nuestra llegó a dormir gente. Ni avisaban, se colaban y punto», señala Francisco.
Aquella marea humana abrió los ojos al padre de familia, Lorenzo, que vio el negocio asegurado si abría una sala de fiestas. Así, en 1957, nacía el salón de baile «Bango», frente al actual hospitalillo de Ensidesa. La gente llegada de todos los puntos de España encontraba en el «Bango» el alivio ideal para tiempos difíciles. «La gente iba a bailar agarrado, no como hoy. Traíamos orquestas de toda Asturias y poníamos autobuses desde el parque del Muelle y venían a patadas. Había una juerga... pero eso sí: por muy borracho que estuvieras, cuando entraba la Guardia Civil, no se movía ni el apuntador», recuerda Francisco Bango. La efervescencia del salón de baile duró lo que duró: poco. La familia se vio obligada a sacar rédito del local alquilándolo a empresas subsidiarias de Ensidesa a modo de dormitorios para sus trabajadores. Así fue hasta 1966, año del fallecimiento de Lorenzo Bango. «El bar no nos gustaba y lo vendimos. Preferíamos el ganado. La verdad es que montamos la vida al revés», bromea Francisco.