JAVIER GANCEDO
De nuestro corresponsal,
Falcatrúas.
Espero que el título de la crónica de esta semana no le haya desanimado tanto como para no leer siquiera el comienzo, identificando esa falta de huevos con determinadas carencias del gobernante del momento o del alcalde de su municipio para tomar decisiones importantes, acallar a la oposición o a los del propio partido, etc. En España, a la hora de hacer las cosas, fuese por cojones o por política, solíamos escoger la primera vía, la ejecutiva, que nos llenó la historia de golpes de estado, levantamientos, asonadas, etc.; actualmente utilizamos la segunda, llena de circunloquios, para al final no hacer o decir nada.
Estas crónicas dejan constancia de que los asturianos somos mal hablados, intercalamos habitualmente y sin necesidad palabras de calibre grueso en conversaciones normales y corrientes. Hombre, cuando nos damos un martillazo en un dedo o quedamos plantificados ante el mostrador de Iberia intentando que no nos traten como a bultos sospechosos, se puede justificar una retahíla de cagamentos o insultos, ahí nos igualamos bastante todos los españoles y soltamos por esa boca lo indecible. En todo caso, los de esta autonomía de tercera manifestamos claramente lo que sentimos, se nos ve venir; haylos más escrupulosos en el hablar, pero que a la hora de trincar dinero y poder no tienen tantos reparos y cometen las fechorías sin decir ni mecachis.
En Bildeo somos malhablados, debido en gran parte al contacto permanente con los animales, hay que imponerse a ellos, dejarles bien claro quién manda, como a los rapacinos. Llegas a casa y te encuentras con que el perro mexó en la alfombra y el guaje embadurnó la pared de colores: enrollas LA NUEVA ESPAÑA y le das con ella un par de zurriagazos a ambos en el culo; de paso, al perro le metes el focico por la alfombra empapada y al chiquillo le haces comer una caja de tizas para reforzar el calcio de su organismo, todo ello acompañado de unas cuantas palabras gruesas, con ajos.
-¡Luisín, hay que dar de beber a las gallinas!
Luisín, hace cuarenta años, era una rapacín de siete cuyos padres habían emigrado a Oviedo desde su Bildeo natal, lugar donde lo enviaban de vuelta en las vacaciones para que no perdiera el contacto con sus raíces; como verán, muy al contrario de lo que ocurre hoy día con la mayoría de los críos, que hablan de nintendos y playsteixons y no saben lo que es la cecina ni qué animales la dan.
Esa orden de su abuela Nieves, que podría haberse cumplimentado echando un par de litros de agua en el bebedero del gallinero, fue el motivo del título de esta historia. El chaval sacó las gallinas del gallinero y trató de llevarlas en formación hasta el río, a medio kilómetro camino abajo, para que bebieran, lo mismo que hacían los mayores con las vacas, los burros y demás animales, ya que no había agua corriente en el pueblo ni abrevaderos.
Todo fue bien al comienzo de la expedición; Luisín empuñaba una blima de avellano como si fuera a pescar, y con ella, la colaboración del gallo y llamándolas constantemente ¡Pitas, pitas!, consiguió mantenerlas en el camino durante un trecho. Entonces fue cuando surgieron de un camino lateral tres de los famélicos perros del pueblo, irrumpiendo como energúmenos en medio de la profesión; los plumíferos, que ya circulaban de mala gana, les chocaba aquel paseo tan lejos del gallinero, rompieron filas disgregándose en carreras y semivuelos por las fincas de los alrededores.
Los abuelos no riñeron al rapacín, pero empezaron a concebir serias dudas acerca del sistema educativo de aquella España unitaria, ya ven ustedes lo que hemos mejorado en ese sentido desde entonces. Mira que confundir el comportamiento de las gallinas con el de las vacas?
-¿Güelito, tenía que haberlas llevado del ronzal?
El abuelo lanzó una mirada asesina a su mujer y a su hija:
-¿Qué está pasando con este chiquillo? ¿Pa eso lo estáis llevando a un colegio tan caro en Oviedo?
-Tienes que entenderlo, Rosendo, el crío no es como los de aquí, él sabe otras cosas y aprende muy bien las matemáticas, el inglés y todo lo demás.
-Tú di lo que quieras, pero aquí en el pueblo no te consienten gilipolleces por mucho inglés que sepas; creerán que ye tonto y eso no lo quiero yo pa un nieto mío.
A duras penas recuperaron una pedrea del gallinero compuesta por el gallo y seis de las doce gallinas que había, cuando ya iban camino de Cornellana; y unos pitos a medio criar, de caleya legítimos, pasaron a ser del ferre. Pa poder preparar una tortilla, fueron a pedir a casa del vecín:
-¿Tienes huevos, Pepe?
-Según.
Seguiremos informando.