Cuando Francisco y Narciso Bango asumieron la gestión de la granja, tan sólo tenían doce vacas. Aquello no daba para vivir con holgura, así que de manera subrepticia, sin que nadie se enterase, compraron un caballo semental. Lo tenían ahí, en la penumbra del cobertizo, a resguardo de las autoridades, ya que para tener un caballo se necesitaba un permiso especial que ellos no tenían. De manera clandestina, algunos ganaderos de los alrededores llevaban sus yeguas a la cuadra de los Bango, a ver si prendían. «Todo iba bien, hasta que nos denunció un desgraciado», espeta Narciso.
Cuando parecía el fin del negocio, los dos hermanos se las ingeniaron para engatusar a un capitán general de Oviedo que hizo la vista gorda. Con el horizonte aclarado, los Bango echaron la casa por la ventana y adquirieron otros dos sementales. Mientras los animales entraban en faena, Francisco y Narciso andaban a lo suyo. «Mirábamos poco. Cubrían dos veces al día durante dos meses, y luego a palo seco. Por eso cuando tocaba, se volvían locos», señala, con retranca, Narciso Bango.
Amén de los ingresos que les proporcionaban los sementales, los hermanos Bango mantenían la rutina de su madre de ir por las casas vendiendo leche y la carne de las reses a las carnicerías. Pero nada era igual. Llaranes había pasado a ser una ciudad en toda regla, con su economato, y ya casi nadie optaba por esperar en casa la llegada de la leche del día. «Aquella leche que vendían en los supermercados era "mexo", pero la gente tenía prisa. La vida era diferente», recuerda, con nostalgia, Narciso Bango.
Los hermanos sucumbieron al signo de los tiempos: se compraron una ordeñadora y firmaron un contrato con la Central Lechera Asturiana. «Nos pasábamos el día trabajando, venía la cuba y en un momentín lo chupaba todo», señala Francisco Bango. Aquella vida se había convertido en monótona pero, al fin y al cabo, era su vida. Los Bango mantuvieron el negocio hasta 1995, cuando les llegó la edad legal de jubilación. «Esto no había quien lo sostuviera. No daba un duro y preferimos la pensión», explica el menor de los Bango. En la actualidad, los hermanos mantienen un par de bueyes y otras tantas vacas. En Pascua, los sacan en procesión. El resto del año, se dedican a los concursos de arrastre. Se han ganado la jubilación. Bajan a diario al centro de Avilés, pasean, pero lo encuentran vacío. ¿Y quién va a heredar esto? «El último que marche, que diga lo que quiere hacer», dice Francisco Bango. Y se ríe a carcajadas.