Juan C. GALÁN
Cientos de avilesinos se enfundan el chándal y las zapatillas de deporte a diario y se dirigen al paseo de la ría para mover las piernas y el corazón. Bien a trote lobero, bien a paso ligero, los ciudadanos avilesinos se mantienen en forma a lo largo de una ruta de cinco kilómetros entre Llaranes y San Juan de Nieva. La liturgia es recurrente desde que el Ayuntamiento saneara las aguas del estuario y adecentara un camino pasto, años atrás, del tráfico pesado y la contaminación.
Los más veteranos no dan crédito al comprobar la transformación del entorno de la ría, otrora el «Finisterre» avilesino: nada existía más allá de un estuario que era, en realidad, una auténtica cloaca. Sin embargo, para los habituales del paseo, no todo está hecho. «De vez en cuando aún vienen unos olores?», señala Nieves Moisés, enfundada en su ropa de deporte. Sin embargo, una reclamación se lleva la palma: la instalación de baños a lo largo del camino.
«Desde el hospitalillo de Ensidesa hasta el paso a nivel de Larrañaga tardo una hora y media y no hay ni un triste baño. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los usuarios del paseo son gente mayor. El Ayuntamiento debería tomar cartas en el asunto», señala Aurora García, otra incondicional de la ruta del estuario. La instalación de servicios evitaría situaciones que rozan el esperpento, pero que se dan a diario en el paseo de la ría. «Cuando me entran las ganas, ¿dónde voy a ir? Pues a un bardial. No me queda otra. Y no soy yo la única que lo hago. Lo hacemos la mayoría, sobre todo los paisanos. Lo tienen más fácil», explica con desparpajo Aurelia Fuentes, que casi a diario pasea por la zona junto a su hermana Albina.
La petición es unánime: faltan baños. Por lo demás, los usuarios del paseo de la ría dan un notable alto a las obras de saneamiento del estuario. Las administraciones destinaron 15 millones de euros a la limpieza de lodos, la retirada de residuos y la construcción del paseo. En definitiva, a ampliar los límites de la ciudad y darle una nueva perspectiva.
«Se nota, claro que se nota. A veces viene algún mal olor, pero no tiene comparación con la peste que había hace unos años. Yo trabajaba en la Térmica y cuando había riadas bajaba el agua negra, negra», recuerda Luis Manuel Fernández. «Ahora da gusto pasear por aquí, aunque en la zona más próxima a Arcelor de vez en cuando baja el agua un poco oscura, pero no tiene nada que ver con lo de hace unos años», señala Aurelia Fuentes. «Pero tanta pasta que invirtieron en limpiar, tendrá que notarse», remacha, irónica, Flor Parada.
La tranquilidad y la ausencia de tráfico en la zona es otro de los alicientes que encuentran los avilesinos, que valoran muy positivamente la recuperación de un entorno que daban por perdido hace unos años? a pesar de la ausencia de retretes y de las manchas oscuras de aceite y alquitrán que, más a menudo de lo deseado, afean el paisaje.