SAÚL FERNÁNDEZ
Gustave Flaubert prefería mostrar a contar, un adagio de la narrativa que muy bien se puede trasladar al drama. Cuando Macduff descubre el cadáver ensangrentado de su señor dice «¡Oh, horror!», pero con eso no basta, los espectadores exigen que el actor acompañe las palabras con gestos. Ha muerto el rey Duncan; desde Aristóteles, para que el teatro tenga sentido, se precisa sentir todo aquello que sucede sobre la escena: el viernes, en Avilés, que Macbeth se había pasado de la raya. Antes de anoche, la del estreno nacional del «Macbeth» de Vanessa Martínez en el Palacio Valdés, perplejidades como éstas se repitieron unas cuantas veces y así se expulsa al público de la tragedia.
Imagino que esa no era la pretensión de las tres compañías que produjeron esta obra maestra de William Shakespeare sobre la ambición, la sangre y las conciencias averiadas.
La tragedia, tal y como la dejó escrita el Bardo de Stratford, exigiría a los espectadores una inversión larga de horas. Y las cosas no están como para eso. Da igual quién lo pretenda, una compañía de fulgor o una del circuito independiente. Más de dos horas en el teatro son demasiadas. Así que Martínez se metió a concentrar la tragedia en hora y algo. Y el resultado fue un tráiler del libreto original, una especie de resumen de una temporada de una serie de televisión justo antes de comenzar la siguiente. Y fue una lástima. La sangre que mancha cada uno de los versos de la tragedia se diluyó en las ganas de no perder el ritmo sobre las tablas. Y es que la comprensión del drama pesa más que el ritmo que se quiera dar, porque éste tomará cuerpo en tanto el espectáculo empiece a correr por los teatros, en cuanto la gira se haya consolidado.
La propuesta carcelaria de Vanessa Martínez -«por un aquel de hacer comprensible la función»-, explicó ella misma en la presentación, quedó sólo en una propuesta, porque los espectadores saben que en el escenario hay una cárcel porque no hay espadas, sino pinchos; porque se come con bandejas de aluminio y no sobre una mesa escocesa y medieval... Nada en el guión justifica que Macbeth esté en una prisión. O sea, el planteamiento no es compatible con las palabras que se recitan; justo a la inversa de lo que pasa cuando se descubre el cadáver de Duncan.
La actualización de los clásicos no puede ser en sí misma ni buena ni mala, lo que sí que tiene que ser es adecuada. Lo dejó escrito Ítalo Calvino: «Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir». Y no sé si la compañía cumplió con las expectativas. Los avilesinos aplaudieron gélidamente.