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La cuadrilla de La Peral uniformada -chaleco naranja y gorra amarilla, para ser vistos y evitar riesgos- deja atrás La Reigada camino del alto de La Degollada (Candamo). Una hilera de vehículos asciende por las rampas que llevan a un área recreativa comida a esa hora por una niebla densa que apenas deja ver la silueta del valle que dibuja el río Nalón. Los cazadores fruncen el ceño. «Por ley no se puede cazar con estas nubes bajas, se tiene que poder ver a una distancia mínima», explica el guarda mayor, José Antonio García, «Toti». Y los perros ladran sin descanso: tienen tantas ganas como sus amos de corretear entre la maleza. Ya en las alturas, los cazadores se despiden de los monteros. Estos son los encargados de cortar rastros, es decir, de caminar kilómetros por el coto en busca de alguna señal que les asegure dónde están los jabalíes.
Sus perros son sus ojos y de ellos depende el éxito en una jornada de caza. Algunos de estos animales están adiestrados exclusivamente en la caza mayor. «Los animales pueden costar hasta doce mil euros», explican los monteros, que llevan toda clase de razas de perros aunque predominan los sabuesos italianos. Los cazadores con arma, entre tanto, se quedan en La Degollada a la espera de que brille el sol y los monteros les comuniquen por emisora dónde están las piezas. «Esto puede ser cosa de una hora o de cinco», explican. De ahí que la cuadrilla de La Peral vaya al monte con mantel y viandas. La pitanza no se hace de rogar. Son las diez de la mañana y los de Pepín Fernández sacan de todo un poco para comer: empanadas, tortillas y hasta un jamón de «pezuña negra». También hacen fuego y asan chorizo ¿Para beber?: vino.
Mientras los cazadores alegran el estómago y los monteros cortan rastros se suceden las conversaciones. Pepín Fernández Aguirre es uno de los más veteranos de la cuadrilla. Comenzó a cazar en el año 1956 y fue uno de los fundadores junto a Fernandito Fernández de la Sociedad Astur que en su día sumó más de 240 cuadrillas. «Cacé y vi de todo. Ahora, por ejemplo, hay menos raposos porque han muerto por sarna. El jabalí anda despistado y los lobos, en esta zona, no existen», explica este hombre que recuerda cuando escuchó la primera berrea -sonido gutural de los machos del ciervo en celo- y cuántas puntas tenía cada uno de los venados que cazó.
A Pepín Fernández le acompaña su hijo. Y es que la caza es una afición que se hereda, pero cada vez escasean más los jóvenes. La temporada de caza para estos aficionados al gatillo comienza en septiembre y finalizó en enero. En ese tiempo, los de La Peral han cazado unos noventa jabalíes. Estos animales pueden llegar a pesar más de cien kilos y son capaces de recorrer 40 kilómetros en una noche. La pitanza continúa y los primeros mensajes de los monteros se escuchan por la emisora: han cortado rastros en el pico Peñaflor y también en el Martinón. Mientras se aproximan los cazadores con perros para recobrar fuerzas en torno a la mesa, los cazadores con arma se preparan para su incursión en el monte. Antes de partir, desvelan un mal sueño: «Todos soñamos con que se nos quede el arma engatillada».
Es poco más de mediodía y la jornada de caza aún no ha hecho más que comenzar pese al madrugón. Los cazadores se disponen ahora a matar. La cuadrilla de La Peral decide ir al Pico Peñaflor, con vistas a Grado. Los perros han alertado de la presencia de jabalíes y los sueltan para que saquen de sus camastros a los bichos. Los armados ya están en sus puestos: se colocan en círculo divisando el valle. Los sabuesos dan vueltas alrededor de la maleza... pero los jabalíes brillan por su ausencia. Tras más de una hora de espera, los cazadores deciden cambiar de ubicación. Ya son las dos de la tarde. Todos tienen hambre de caza. En el nuevo emplazamiento parece que tampoco hay suerte y, para colmo, la cuadrilla de Grado ya ha cazado dos piezas. El día se tuerce.
Cuando el desánimo parece hacer mella en la cuadrilla de La Peral se oye un disparo. Son más de las cinco de la tarde y el primer y único jabalí de la jornada es abatido. Los cazadores recogen al animal y lo hacen trozos con la ayuda de grandes cuchillos afilados. Cae la noche en el monte y regresan a La Bodega de Aguirre. Es la hora de cenar. Todos están satisfechos del resultado pero reconocen que hubo días mejores.
Entre plato y plato, los cazadores aprovechan para dar a conocer el contenido de un informe sobre el canal del Narcea entre Cornellana y Avilés y su afección a la fauna cinegética de los cotos que ahora gestiona la Asociación Cinegética Sierra Pulide-Nalón. Y es que los cazadores quieren a los bichos vivos: la caza es para ellos un arte noble que exige la búsqueda de la carne. Como hacían los «cherokees».