EUGENIO SUÁREZ
Podría presumir -y lo hago- de partidario de la energía nuclear y no por convencimientos científicos, sino por contagio familiar, como creo haber señalado en estas páginas y otras ocasiones. Un hermano, ingeniero y experto, montó y dirigió la primera central, la de Zorita, hoy fuera de servicio. Le visité, con las reservas que nos comían a todos por esa temible fuerza que tanto éxito tuvo en Hiroshima y Nagasaki. Me mostró las instalaciones y antes de que le pudiera argumentar con lugares comunes me dijo: «Conozco esto muy bien y si no lo creyera seguro, ¿crees que iba a vivir aquí, con mi mujer y mis hijos, como los demás ingenieros y técnicos de este poblado?». Me pareció un argumento incontestable y a partir de ese instante me hice partidario.
No entiendo una palabra de la fisión nuclear, en lo que me acompaña la inmensa mayoría de la población, pero estos días se ha actualizado el tema con la oferta de unos cuantos pueblos que brindan su territorio para albergar el depósito de los residuos radiactivos. Imagino que los alcaldes se han informado a fondo y no se les puede tachar de insolventes, ni temerarios, cuando se han convencido de que esos productos y la forma de alojarlos carecen de peligro, remitido a un futuro muy remoto.
Comprobé, in situ, que el municipio de aquella central, llamado Almonacid de Zorita, en la provincia de Guadalajara, era un pueblo limpio, próspero, donde los vecinos tenían trabajo y se veían liberados de la mayoría de los impuestos locales, ya que las tasas por radicación y demás cargas pagadas por la explotadora daban para esa prosperidad. Más cariacontecidos e íntimamente envidiosos eran los enclaves cercanos, que tenían que sobrevivir sobre las poco generosas tierras de La Alcarria, al menos en aquella época. En la docena de lugares que postulan esa custodia, los acuerdos se han tomado por unanimidad y resulta grotesca y estúpida la rabieta de quienes, fuera de sus límites, graznan su oposición.
Algún día acabará saliendo a la luz el camelo de buena parte de la ecología militante, que ha pillado la buena fe de muchísima gente, en gran parte de frágil economía, que se desprende de algo necesario para sostener empresas que les han ofuscado. En mi propio ámbito familiar, una nieta, que sale adelante con su hijo y mucho sacrificio, me consta que es cotizante de alguna de esas organizaciones que, para mí, alimentan el temor de la gente con brochazos apocalípticos profetizando desventuras, eso sí, a largo plazo.
Hay por ahí mucho caradura que funda religiones y abusa de la credulidad y generosidad de los demás para levantar grandes fortunas. En la ciudad de Nueva York, muchas manzanas en las mejores avenidas albergan iglesias de los cultos más extravagantes, que convierten en mucho más rentable el espacio que si construyeran apartamentos de lujo. La gente tiene innata necesidad de creer, sobre todo en los momentos de aflicción o necesidad. Avivar la fibra sensible de los seres humanos es muy fácil.
El negocio. Ya hemos visto el innoble escándalo de las vacunas contra la gripe A, que ha alarmado a la población del globo y costado un afilado pico a las seguridades sociales, algo que pagamos entre todos, no son unas ONG filantrópicas. El descalabrado político americano Al Gore se ha visto desairado por la propia naturaleza y ahora resulta que los casquetes polares se desintegran normalmente en determinados períodos anuales. Han pronosticado sequías aterradoras y como respuesta incluso las islas Canarias, que carecen de ríos y donde el agua es más estimada que el aceite, han sufrido inundaciones excepcionales.
No quiero decir que la ignorante y codiciosa naturaleza humana esté libre de responsabilidades, al quemar bosques e infectar ríos, pero siempre nos preguntaremos, llegado el verano, si no es mejor el aire acondicionado y su despilfarro de kilovatios que los ventiladores. Supongo que se ha olvidado el origen de una estafa que se popularizó a principios del siglo pasado y que se llamaba «Previsores del porvenir». Por fortuna, aquello desembocó en otro tipo de usura atenuada, que llamamos bancos, conquistadores de la exclusiva en la domiciliación de todos nuestros recibos. Algunos movimientos ecologistas trafican con el futuro, presentándose como augures de los peores desastres. La contrafigura fue aquel condenado a muerte que solicitó decir unas palabras antes de ser ahorcado: «Dentro de cien años, ¡todos calvos!», pronóstico que siempre se cumple.
El fin del mundo es una especulación milagrera y fácil, como estas previsiones de la ultratumba nuclear. Algo que me ha producido una tonta risa, por la que pido excusas, es que los enemigos del soterramiento de restos que llaman almacén temporal central, con esa necia manía de cambiarle el nombre a las cosas para que parezcan otras, la alternativa, con acento andaluz, el president Montilla para pronunciar la palabra en catalán: «cimintiri» que, no sé por qué, me suena jocosa con tanta «i». La primera vez que fui a Alemania, con 17 años y una ignorancia absoluta del idioma, me sobrecogió un letrero que tomé por amenaza feroz contra los judíos: «Achtung, stube!», hasta que supe que quería decir: «Cuidado con el escalón». Dos torres que se vienen abajo: el sepulcro nuclear y el cambio climático. ¡Qué cosas!
eugeniosuarez@terra.es