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Galiana y Gonzalo son una sola entidad. Allí nació, en el número 16, allí se crió, en casa de su abuela, allí montó su negocio, el «Trasgu», y, finalmente, catapultó la calle de su vida al convertirla en epicentro del Antroxu avilesino. En la casa en la que se crió, su abuela alojaba a varios inmigrantes que habían decidido labrarse un futuro en Ensidesa. Allí, Gonzalo coincidió con personajes casi surrealistas, todos los cuales tenían una historia particular que contar. Aquella visión alternativa de la realidad marcó a Gonzalo «Trasgu», que a lo largo de su vida ha optado más por asumir su condición de mortal que por la gravedad en el gesto y en la actitud. Su buena suerte también ayudó: «Tuve un enchufe trifásico en la mili y me la pasé cuidando palomas al lado de casa», comenta. «Sacaba todo sobresalientes, mi madre decidió sacarme del instituto y ponerme a trabajar y, a la primera, encontré "curro" en Confecciones "Aurelio", en la plaza de España, y nada más llegar de la mili saqué una plaza en el banco», enumera Gonzalo su buena fortuna.
Gonzalo García invirtió todas sus energías en su gran pasión: el piragüismo. También ahí le sonrió la fortuna: en la primera prueba seria en la que participó se llevó el triunfo en el Descenso (otra palabra que ha marcado su vida) del Alto Nalón junto a su compañero Rufino Juan. Era el año 1970. Posteriormente se llevó alguna que otra prueba a nivel regional, dio la cara en más de una ocasión en el Sella, y se pasó al bando de los entrenadores en el Club de Mar. Hoy mantiene su Kayak a punto a la orilla de la ría y la coge cuando le entra el mono, que es casi a diario.
A Gonzalo siempre le ha gustado sentir el aire en el rostro y los espacios abiertos. Quién lo diría, cuando él mismo personalizó durante 22 años la esencia de la juerga avilesina. «A ver, alguna cervecina tomo, pero siempre me cuidé. Fui golfo, pero sin pasarme», señala. A tenor de su historia vital, hay que creerse sus palabras. Su cuerpo de guerrero vikingo se dejó mecer por las corrientes del Paraná y el Orinoco. Ahí es nada. La primera expedición la completaron doce personas: 800 kilómetros desde Iguazú hasta Corrientes. «No vimos ni yacarés ni pirañas ni nada. Un fraude», ironiza. La segunda, en 1983, dio más de sí. El Orinoco es el Orinoco. «Fue una pasada, y eso que nos metíamos 60 o 70 kilómetros diarios. Pero mereció la pena. Por las sensaciones y porque vimos hasta indios guaraníes. Un día vino uno a vendernos arcos y flechas y le pedimos que hiciera una exhibición. Impresionante, pero iba de pantalón. Vamos, que había negocio detrás», señala, socarrón.
Tras sus experiencias por América del Sur, a Gonzalo «Trasgu» le dio una temporada por los caballos, una moda pasajera. Para lo que sí le sirvió fue para perfeccionar es look a lo Camilo Cienfuegos, el guerrillero cubano (de origen asturiano) que hizo la revolución junto a Castro y el Che. Aspecto indómito que tuvo su origen en su primeros años de bancario. «El primer jefe que tuve me dijo que me recortara las guías del bigote, pero cuando se jubiló dejé guías y lo que no fueron guías», dice, mientras se atusa la cabellera. Y sus ojillos sonríen.