VICENTE MONTES VICENTE.MONTES@EPI.ES
Ser empresario siempre exige unas dosis más de riesgo, paciencia y esfuerzo. Pero cuando todo eso se da y, encima, se trabaja con entusiasmo, darse de bruces contra la burocracia es de lo más desesperante. A veces el papel puede convertirse en un muro infranqueable, y la desidia puede acabar llevando a la ruina y frustrando proyectos que nacieron de la ilusión y el trabajo. Es obvio que los empresarios buscan su propio beneficio, sería estúpido creer lo contrario, pero forman parte de un engranaje que, a la larga, beneficia a todos. El empresario avilesino que pasó dos meses esperando a que el funcionario de turno le sellase un papel para poder llevar a cabo un proyecto en Jordania debe estar que trina. Las administraciones suelen poner en marcha farragosos instrumentos para facilitar las cosas que, a la postre y en muchas ocasiones, terminan por complicarlas. Ser empresario es casi una aventura, pero no debería ser una odisea contra los elementos. Y menos cuando los elementos, se supone, deberían estar a tu favor.