Juan C. GALÁN
Según las escrituras, Shimon Bar-Iona (Simón, hijo de Jonás), nació, en una fecha aún indeterminada, en la aldea de Betsaida, sita en la actual frontera entre Israel y Palestina. Jesús le puso el apodo de «Kefa», «piedra» en griego. De ahí lo de Pedro. Así las cosas, de acuerdo a su lugar de nacimiento, Bar-Iona debía ser de tez aceitunada, más si, como rezan los Evangelios, se pasaba el día a la intemperie por ser pescador. Sin embargo, el San Pedro de la capilla de Rivero luce, desde unos días, una blancura casi nórdica tras las labores de restauración a las que lo ha sometido José Miguel Jiménez, de la empresa ovetense Trípticos Restauración.
«A la talla nunca se le había cuidado con mucho esmero. De hecho, hace unos años, se le aplicó betún de Judea que la dejó negra completamente», explica Carlos Mora, hermano mayor de la Cofradía de San Pedro. Además, la falta de atenciones y el paso del tiempo habían mellado la dentadura de la imagen y habían abierto una brecha en su cráneo, defectos que también se han corregido merced a la intervención de José Miguel Jiménez para dejar a San Pedro más guapo que un San Luis.
El resplandeciente nuevo aspecto del San Pedro de Rivero se manifestará en todo su esplendor en la procesión de Semana Santa que la cofradía celebrará el próximo 2 de abril. Sin embargo, fieles y curiosos ya pueden admirarlo en la capilla. Hasta ahora, a algún cofrade «oficialista» no le ha sentado bien tanta blancura. «Alguno se queja de que el San Pedro histórico no tenía la piel tan blanca, pero, por lo general, a los cofrades les ha gustado la obra. De hecho, muchos han colaborado a sufragarla con donativos», señala Carlos Mora, que avisa: «Ahora queremos restaurar el Cristo», algo que sería histórico: nunca en sus 70 años de historia ha salido el Cristo de la capilla.