JAVIER GANCEDO
De nuestro corresponsal,
Falcatrúas
Víctor del Canteiro, de Casa el Canteiro, de Bildeo de toda la vida, esposo de Julia, padre de Alfredín y Rosina, hijo de Eladio y Asunción, perteneciente al antiguo gremio de Actividades Diversas (cantero, carpintero, madreñero, agricultor y ganadero), eligió una pieza de madera para trabajarla en el rudimentario torno instalado en el zaguán.
El invierno venía crudo y una buena nevada mantenía a todos los vecinos encerrados y atizando la lumbre; los paisanos, mientras, descansaban, realizaban trabajos aptos para dentro de casa, como terminar madreñas, reparar cestos, reponer dientes a los garabatos -no era cuestión de llevarlos al dentista- y cosas así. Las mujeres no podían permitirse el lujo de descansar, siempre estaban atendiendo varias cosas a la vez.
De la cuadra, situada invariablemente en el piso inferior de la casa, subía el calor del ganado que aportaba la necesaria calefacción; también subía un olor a cucho que tiraba p'atrás a cualquier dominguero, pero teniendo en cuenta que las vacas comían hierba, el pienso ni lo golían, los bildeanos aguantaban bien los aromas, como buenos ecologistas.
En la cocina, Eladio y Asunción, los viejos de la casa, sacaban una maraña de ramas secas de una goxa, vaciaban las vainas y echaban su contenido en un barreño; de vez en cuando una faba rodaba por el suelo. Julia repasaba unos pantalones y los chiquillos, de seis y ocho años, andaban por allí, enredando.
Víctor torneaba la pieza de madera oscura en el torno de pértiga y pedal; en cada pedalada, la pieza giraba favorable unas cuantas vueltas y él arrimaba una gubia para ir quitando virutas. Alfredín se acercó:
-¿Qué haces papá?
-Unas escudillas para tus abuelos.
-Son más guapos los platos blancos.
-Sí, pero ellos son mayores, están torpes, se les caen los platos de loza? En cambio las escudillas no rompen.
-Pues tienes que enseñarme a tornear escudillas para poder haceros yo unas cuando mamá y tú seáis mayores.
Víctor dio unas pedaladas manteniendo la gubia apartada, mientras la pieza giraba adelante y atrás entre los puntos del torno. Prendió un pito y fue a sentarse a la cocina, con los demás; recogió algunas fabas que estaban desparramadas por el suelo y las echó al barreño. Luego regresó al torno, quitó la pieza, que ya iba cogiendo la forma, y la arrojó entre los tacos de madera sin desbastar. Aquella noche, ya acostados, le dijo a su mujer que algunas costumbres heredadas, por muy tradicionales que fuesen, era mejor olvidarlas.
-Antiguamente se acostaba a los críos atravesados a los pies de la cama de los viejos, que así mantenían los pies calientes, apoyándolos contra los rapacinos. ¿Te acuerdas?
-Eso se haría en tu casa, en la mía, no. Si hacía mucho frío, se calentaba un ladrillo en la cocina, se envolvía en una toalla y asunto arreglado.
En España hay costumbres y tradiciones que no merecen ni ser recordadas, mucho menos mantenidas, algunas de ellas chocantes de unas regiones a otras, y a pesar de ello los españoles pudimos llevarnos como hermanos, unas veces a hosties, otras comiéndonos a besos, y así durante siglos en los que hubo regímenes para todos los gustos, incluyendo periodos republicanos, monárquicos y un par de dictaduras. Ahora que somos demócratas de toda la vida, vamos a modernizar este país de naciones o nación de países, no está muy claro, montando una federación de engendros feudales y aldeanos de la Edad Media, con fielatos en las fronteras para preservar identidades nacionales, idiosincrasias, hechos diferenciales y costumbres que teníamos que haber erradicado hace mucho. Y cerramos el círculo.
En Bildeo, al igual que en otros concejos asturianos, las casas disponían antiguamente de un cuarto interior, sin ventanas, sin ventilación, al que llamaban «el aposento». Posteriormente, esa pieza quedó transformada por razones prácticas en despensa o trastero, pero hace años, con tanto rapacín como Dios traía al pueblo, el hijo que se hacía con el mayorazgo de la casa podía disponer que sus padres ocuparan ese aposento parecido a una cueva a fin de poder destinar su antigua habitación para otros miembros de la familia.
De esta manera tan tradicional los abuelos pasaban allí sus últimos años; no es difícil imaginar las condiciones en que se debatían, teniendo en cuenta que en aquellos tiempos no había váter en casa, ni pañales de usar y tirar, esos que compramos ahora normalmente en el supermercado. El olor a mexo y a lo que no era mexo tenía que ser agobiante haciendo las necesidades en una bacinilla? Y eso dándose bien.
Eladio y Asunción también estaban en la cama, despiertos. De repente, él hizo una pregunta que planeó en el aire, como una helada:
-¿Te acuerdas del día en que metimos a mis padres en el aposento?
Seguiremos informando.