EUGENIO SUÁREZ
Acabaremos por rendirnos a lo que parece una evidencia característica entre los españoles: que son distintos entre sí, ni siquiera se estiman, les gustan diferentes bebidas y alimentos, distracciones, filias y fobias. No hay parangón, pues la mayoría de los estados modernos fueron también retales de distintas piezas que acabaron por aceptar unos mínimos que nosotros nunca hemos tolerado. La próxima Italia está formada por ciudadanos de varia procedencia y antecesores étnicamente diferenciados. Hay poquísimas coincidencias entre el toscano y el siciliano, el romano o el piamontés, el florentino y el véneto, pero consiguieron formar una nación y con reivindicaciones folcklóricas forman la unidad política deseable.
No ocurre en nuestra casa. Sujetos a la monarquía absoluta, que cambiaba de orígenes y titulares, en los que el pueblo era ajeno, a lo más que hemos llegado fue a la guerra civil, donde, justo es reconocerlo, la ejercitamos con extraordinarias dotes de crueldad y ferocidad, cualesquiera que fuesen los motivos.
Ni siquiera la larga Reconquista -ocho siglos- es ejemplar, pues lo cierto fue que los sarracenos arrasaron el territorio y, por razones administrativas, reconocieron a reyezuelos que unas veces les servían y otras les combatían. La convivencia entre judíos, cristianos y moros ni siquiera unió a los primeros, que fueron tratados como esclavos por los árabes conquistadores. Igual que en aquellas edades y también sin que nos demos cuenta, el Islam envía sus avanzadillas, tras paciente espera de otro medio milenio y vuelven a levantarse las mezquitas. Si los suizos no toleran los minaretes, aquí estamos nosotros para permitirlo, salvo que los intentaran alzar en el césped del Bernabéu o El Molinón; por eso no pasa nuestra arrogancia.
El problema está -reduciéndolo arbitrariamente- en que los moros saben lo que quieren, están apiñados, codician lo que poseemos y no repararán en medios para lograrlo. Son más de mil millones y rodean el mundo. El color de la piel y los remotos orígenes africanos ya han llevado a uno de los suyos a la Casa Blanca, aunque parezca algo descafeinado.
Esa es, a grandes y groseros rasgos, la panorámica del problema. A ras de suelo la diversidad enconada entre las regiones de un solo país, el nuestro, por ejemplo, empieza a dislocarse y deshilacharse, eludiendo los problemas fundamentales y agrandando las minucias. Tenemos a los catalanes -con la que está cayendo- manejados y pastoreados por una minoría de pelagatos que alzan la bandera antitaurina, convirtiendo algo adjetivo y folklórico en cuestión insalvable. Una estadística seria arrojaría cifras despreciables -por su cantidad- en el conjunto de los españoles. No creo que llegue al uno por mil los que ven alguna vez una corrida, lo que no significa que haya quien guste de ellas, aunque sea en televisión, lugar por mi preferido para contemplar ese fabuloso espectáculo. Como no serán ni la décima parte de los citados quienes tengan la oportunidad de almorzar alguna vez en los establecimientos de los grandes cocineros, por todos conocidos gracias al eco mediático.
Pasé varias semanas en Barcelona antes de que concluyera nuestra guerra y tuve el placer de conocer a escritores, pintores, músicos, que se llamaban Pedro Pruna, Carlos Sentís, Juan Tapia, José Plá? que no parecían infelices porque sólo en casa les llamaran Pere, Carles, Joan o Josep, impuesto por una estúpida secuela de la guerra civil. Volví, conociendo la belleza de la Costa Brava, que de ninguna manera la inventaron ni diseñaron los Pujol, Puigcercós, Ridau y compañía, y menos el andaluz Montilla, un paradójico trágala que, sin duda, hará desternillarse de risa a nuestros descendientes.
Incapaces de solventar las grandes magnitudes, nos enzarzamos en escaramuzas anecdóticas y los titulares del fin de semana ponen el acento en la propuesta de la presidenta de la Comunidad de Madrid, seguida por otros taifeños afines, de la declaración de las corridas como bien de interés cultural. Es como meter al toro en el burladero, pero puede servir para que no se perpetre la estupidez de censurar un espectáculo al que se va voluntariamente y si se tiene el dinero suficiente para abonar la entrada.
Infinitamente más dañino, indecoroso y vergonzoso es el espectáculo de los programas televisivos en los que se injurian unos a otros y algunas arpías, no sé si real o forzadas por el guión, pronuncian frases obscenas, algunas imposibles fisiológicamente. A la plaza no es fácil ir y la televisión se puede apagar, pero tiene la pega de que no siempre se controla y los hijos e hijas menores reciben cursillos completos de mala educación que luego ejercerán como si fueran bienes heroicamente conquistados.
Los catalanes son diferentes a nosotros. Bien, démoslo por cierto, aunque, a primera vista parecen subdividirse igual que en todas partes: los inteligentes, cultivados, avariciosos, infames o cordiales. Eso sí, con un idioma que, para los oídos extraños suena, siento decirlo, bastante mal, apreciación ésta totalmente subjetiva.
Es bien cierto que don Miguel de Cervantes, en El Quijote, hace un ditirambo exagerado de las virtudes catalanas -algo que no prodiga en otras regiones-, pero lo he achacado a que le interesaba al autor la benevolencia y simpatía de los editores barceloneses, que ya empezaban a destacar como impresores y editores de obras en castellano. Así es que les daba coba, como los grandes autores de hoy, que recorren pueblos y ciudades obligados por las editoriales para promover la lectura de sus libros. Es verdad que, como el buen paño, ya no se vende en el arca.
Una buenas butifarras son aceptables de no ser grasientas en exceso. Y unas buenas verónicas, para quienes sepan degustar el primer tercio, un regalo visual. Pero, a mi modesto entender, se trata de valores heterogéneos. Como siempre, los españoles nos pasamos la vida confundiendo el culo con las témporas, ¡qué le vamos a hacer!
eugeniosuarez@terra.es