Luanco, Illán GARCÍA
«Es un maravilloso poema de la aguja... esas labores verdaderamente artísticas que confeccionan las manos prodigiosas de las luanquinas», escribía el escritor avilesino Constantino Suárez «Españolito» en uno de sus libros para referirse a las cualidades de las encajeras y bordadoras de los talleres de malla en Luanco. Las creadores de este arte de aguja con nombre de mujer fueron ayer las protagonistas de un acto organizado por el Ayuntamiento en el salón de actos del instituto. Este reconocimiento público estuvo cargado de emotividad desde el comienzo. Muchas de las mujeres recordaron sus tiempos mozos enhebrando recuerdos en las decenas de talleres repartidos por todo Luanco.
Mujeres como Maruja García, Ángeles Fernández y María Teresa Fernández trabajaron ya en los años cincuenta en aquellos talleres que cerraron en los primeros años sesenta. «La mayoría de las rapacinas que acababan la escuela con 14 años, pasaban a trabajar en los talleres», asegura María Teresa Fernández. Por aquel entonces, un ovillo costaba cuatro reales.
Eran otros tiempos y los sueldos que percibían estas trabajadoras nada tienen que ver con las actuales empleadas del sector textil. «Digo lo que ganábamos en una semana. Mira, trabajabamos de 9 a 1, de 2 a 9 y las horas extras de 10 a 12 de la noche y ¡ganábamos 48 pesetas!», indica Maruja García, que compartió junto a casi un centenar de mujeres una jornada de recuerdos. «Al margen de las que trabajábamos en los talleres, muchas mujeres hacían malla en casa», explica Ángeles Fernández.
El acto comenzó a las seis y media en el salón de actos del instituto. La concejala de la Mujer, Rosario García, leyó un comunicado para recordar las labores de toda una generación de mujeres en Luanco. Tras la intervención de García, la bióloga del Museo Marítimo y promotora del homenaje, Lucía Fandos, ordenador en mano comenzó a proyectar las mil y una fotografías que ha recopilado de los talleres antiguos de malla en Luanco como el San José, el de Amparo Viña Suárez, el de Pilar García Rodríguez, y haciendo especial hincapié en los tres grandes: el de María Pedrera, el de las hermanas Ramos y el de las hermanas Mori. El tiempo ha pasado y el arte de las malleras ha resistido, en buena medida, por el ímpetu de esas mujeres bordadoras.