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Una peculiar reivindicación feminista
 

La socialista que quiso decir misa

La avilesina Nelly Fernández rememora cuando en 1985 se postuló a diácono, lo que generó una polémica que tuvo eco en todo el país

 
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Nelly Fernández, ayer, ante la iglesia grande de Sabugo.
Nelly Fernández, ayer, ante la iglesia grande de Sabugo. ricardo solís

Amaya P. GIÓN
«Estoy decidida a asumir la función del diaconado». Esta afirmación de la avilesina Nelly Fernández se convirtió hace 25 años en un auténtico bombazo informativo. La hoy presidenta de Cruz Roja, entonces concejala y diputada socialista de la Junta General del Principado, fue portada de medios regionales y nacionales al postularse como candidata a diácono (orden sagrada que permite proclamar el Evangelio, administrar los sacramentos del bautismo y el matrimonio y bendecir, entre otras funciones), cuando la Iglesia planteó la posibilidad de permitir el acceso a este ministerio eclesial a varones casados mayores de 35 años en Asturias. Nelly Fernández, con firmes creencias cristianas, no ha llegado a decir misa y ahora recuerda aquella polémica como una anécdota, aunque también con cierta amargura: «Hace 25 años la Iglesia era más abierta que ahora», lamenta.

Durante buena parte de su vida, Fernández trató de demostrar la compatibilidad de marxismo y catolicismo. Quizás eso fue lo que la llevó a postularse a diácono. «Estaba de arzobispo Gabino Díaz Merchán cuando aquí comenzó a hablarse del diaconado permanente. Podía solicitarlo cualquiera que quisiera, incluso sin pasar por el Seminario. Lo que no quedaba claro es si una mujer podía ser diácono. Lo intuí y comenté que me gustaría», rememora la avilesina entre risas. Y es que las declaraciones que publicó LA NUEVA ESPAÑA el 9 de marzo de 1985 tuvieron eco en todo el país. «Acabó saliendo en periódicos nacionales, entré en directo en un programa de radio de Iñaki Gabilondo. No tardé en arrepentirme por todo lo que dio que hablar», prosigue.

Fernández, de hecho, conserva todos los recortes de prensa de su carrera política (comenzó como concejala en el Ayuntamiento en 1979 hasta su retiro de la vida pública, en enero de 1996), excepto aquellos que prefiere no recordar. El artículo sobre el diaconado no forma parte de su hemeroteca particular. «Mis declaraciones tuvieron un eco tremendo, primero por ser mujer y, además, socialista. El mismo día que salió publicado ese artículo, del que suscribo cada palabra, me llamaron varios compañeros de la Cuenca preguntándome si me había vuelto loca», añade. Entre las reacciones que suscitaron sus palabras, considera la más acertada la del entonces presidente del Principado, Pedro de Silva. «Los periodistas le preguntaron qué le parecía mi propuesta y respondió: "La reivindicación feminista más original"». Y es que si por algo se caracteriza Nelly Fernández, además, es por la defensa de la igualdad y por la lucha por los derechos de la mujer. «Han pasado veinticinco años y la Iglesia es la única institución que sigue igual que estaba. La mujer sigue sin ser nadie en la Iglesia y es la única institución machista», asevera. Ella no consiguió ser diácono. A día de hoy, ninguna mujer lo ha logrado.

La vasta biblioteca de Nelly Fernández cuenta con más libros de temática religiosa que de política. Documentos del Concilio Vaticano II, obras de los teólogos Boff y Küng, encíclicas papales, volúmenes de la colección «El credo que ha dado sentido a mi vida» y un largo etcétera reposan en sus estanterías. «Creo en Dios, pero no en el mismo que Rouco Varela. Yo creo en el Dios misericordioso, en el Jesús del Evangelio», sentencia.

La presidenta de Cruz Roja asiente mientras lee cada una de las declaraciones que recogió este periódico hace un cuarto de siglo: «La Iglesia debe ser progresista», «es hora de que crea por encima de todo en la solidaridad de los hombres, en el bien y en el progreso», «yo soy socialista porque soy cristiana». «Es más, a día de hoy podría volver a decir esas mismas frases una tras otra porque nada ha cambiado en la jerarquía eclesiástica, al contrario», continúa para cerrar estos recuerdos con una última anécdota.

«Una compañera del partido me dijo que con las declaraciones del diaconado había cavado mi tumba política. Pues resulta que fui senadora hasta 1996».

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