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Las sombras del Rey de la Patagonia

María Andrea Nicoletti, de la Universidad de Río Negro, adjudica al avilesino José Menéndez un papel principal en el genocidio de los indios aborígenes argentinos

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María Andrea Nicoletti.
María Andrea Nicoletti. reproducción de ricardo solís
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Saúl FERNÁNDEZ
El empresario mirandino José Menéndez (Avilés, 1846 - Buenos Aires, 1918) fue uno de los reyes del Fin del Mundo: la Patagonia y la isla de la Tierra del Fuego, en la punta más meridional de América, con los ojos puestos en la Antártida; la última frontera del dinero, el territorio virgen del oro, la ganadería y los negocios portuarios. Menéndez llegó Punta Arenas, en Chile, para cobrar una deuda que un industrial había contraído con su jefe, en la capital de Argentina. Era una aldea de menos de mil habitantes y se bañaba en el mismo Estrecho de Magallanes. Y allí se quedó. Se hizo millonario y pasó a la historia de los indianos triunfadores: los españoles pobres embarcados para América, huyendo del hambre y del colapso del antiguo imperio español. Todo esto es conocido. No lo es tanto el papel que el mirandino tuvo en el genocidio del pueblo selk'nam (indios aborígenes de la Tierra del Fuego más conocidos como los onas). La historiadora argentina María Andrea Nicoletti -profesora en la Universidad de Río Negro e investigadora del Centro Superior de Investigaciones de Argentina (Conicet)- asegura que el avilesino, junto a otros empresarios de la época, fue uno de los responsables del exterminio de los indios selk'nam que a finales del siglo XIX poblaban la última tierra conocida del planeta.

La profesora Nicoletti investiga desde hace años a los salesianos, los misioneros de don Bosco en el sur más al sur del continente americano. Y es que aquellos frailes convivieron durante muchos años con los estancieros que empezaban a explotar el archipiélago donde da la vuelta al aire. Cartas e informes internos de los misioneros, según Nicoletti, documentan el genocidio de los aborígenes de la Tierra del Fuego. Monseñor José Fagnano, Prefecto Apostólico en Tierra del Fuego, escribió en 1899 al ministro de Relaciones Exteriores de Argentina, Amancio Alcorta, una carta en la que, según Nicoletti, acusaba al empresario avilesino de «dar caza a los indios, sea por sus peones que van haciendo excursiones en los bosques, sea por la policía, cuyo inspector vive en la misma estancia del señor Menéndez». Fagnano y Beauvoir -otro misionero salesiano-, por su parte, recuerda la historiadora, fueron acusados en la prensa de la época de dar cobijo «a los indios ladrones» de ovejas. La investigadora explica esta polémica en el interés que Menéndez tenía en los terrenos de la Misión de Río Grande -2.500 hectáreas propiedad de Fagnano y otras 2.500 en manos de otros salesianos, apunta Nicoletti-. El caso es que en los años de esplendor del empresario avilesino los indios selk'nam desaparecieron de la Tierra. Escribe Nicoletti: «El 7 de agosto de 1912 el director general de Territorios Nacionales, Isidoro Ruiz Moreno, solicitaba informes sobre la situación y número de los indígenas fueguinos. Fernández Valdés le respondió: "La raza se extingue con una rapidez aterradora. En 1883 se calculaba en no menos de 2.500 indios los existentes en el territorio, en 1903 no excedían de 500 y puedo asegurar que hoy no llegan a 155"». María Andrea Nicoletti, en una conversación mantenida con LA NUEVA ESPAÑA, apostilla: «Pero eran muchos menos. Pedro Ricaldone, salesiano visitador, escribió un informe en 1910 donde recomendaba el cierre de las misiones de Tierra del Fuego porque no atendían a más de diez indios cada una y eso suponía un gasto de dinero superfluo».

-¿Cuántos indios selk'nam sobreviven actualmente?

-Ninguno en estado puro, se lamenta la historiadora.

José Menéndez salió del puerto de Avilés siendo apenas un adolescente. Desembarcó en La Habana y encontró trabajo en una joyería. En Montevideo se casó con María Behety y juntos tomaron otra embarcación en pos del Fin del Mundo. La Patagonia era un territorio disputado en aquellos entonces entre Chile y Argentina? se trataba de un inmenso país sin dueño, inexplorado? la verdadera última frontera. La familia Menéndez se estableció en Punta Arenas -que era la capital civilizada de aquel mundo desconocido-. Coincidió entonces con otros empresarios que empezaban a encontrar su lugar en la historia: el portugués José Nogueira y el chileno Elías Braun. Las alianzas matrimoniales hicieron que germinara un imperio que, en su tiempo más dorado, equivalía a la quinta parte de España entera: un millón de hectáreas dispuestas para más de un millón de ovejas. Menéndez, entonces, guardaba similitudes más que evidentes con John Chisum, el rey del condado de Lincoln (Nuevo México), el empleador de Billy El Niño en la guerra contra los pastores, un mito en la conquista del Oeste americano.

Los tres reyes de la Patagonia (Menéndez, Nogueira y Braun), recuerda la historiadora Nicoletti, «empezaron a acaparar tierras que compraban a los veteranos de la campaña del desierto de 1879». Julio Roca, que entonces todavía no había sido elegido presidente de Argentina, pagó a sus soldados con terrenos en la tierra recién adquirida, un uso militar tan antiguo como los romanos. Aquellos terrenos en el Fin del Mundo carecían de interés salvo para aquellos tres empresarios pioneros. La compra de fincas fue regular y el triunfo clamoroso. «Empezaron a cercar y a atrapar a los guanacos (una especie de llama) en su interior», explica Nicoletti. Los guanacos eran el principal alimento de los indios selk'nam (cazadores seminómadas). Según la historiadora, la decisión de los empresarios obligó a los indios a superar las verjas para robar las ovejas que habían invadido sus antiguas tierras. «Tenían que subsistir y las ovejas eran los únicos animales que quedaban», justifica Nicoletti. Los indios cuatreros, entonces, se colocaron en el punto de mira de los latifundistas que enviaron a las cercas a sus capataces. El de Menéndez, Alexander McLennan, «Chancho Colorado», ha pasado a la historia como sanguinario matador de indios. Julio Popper, un rumano propietario de las primeras tierras que fue adquiriendo el empresario avilesino, se jactó con impunidad de su gatillo fácil: se atrevió a mandar a Buenos Aires fotografías que le retrataban armado y paseando por un campo de cadáveres indios.

El papel de Menéndez, de su consuegro Elías Braun, de su yerno Mauricio Braun y de la hermana de su yerno, Sara Braun -que se casó con el portugués Nogueira- en el final de los indios fue denunciado por Fagnano y por Beauvoir, entre otros salesianos. Los frailes que vinieron después del Prefecto, en la década de los treinta del pasado siglo, apunta Nicoletti, «se convirtieron en estrechos colaboradores e hicieron una lectura de la historia que intentaba superar viejos rencores, correr de la escena de la violencia a la familia prestigiosa y ante lo inevitable -la desaparición de los selk'nam-, buscar una explicación muy alejada de aquella que con justicia esgrimieron sus protagonistas». Para estos últimos misioneros, la extinción de los indios no se debió tanto a los golpes y a las balas de los capataces como a la inadaptación al progreso: enfermedades de blancos. El salesiano Alberto de Agostini, según recoge la historiadora Nicoletti, escribió: «Nuestro modo de vestir, de comer y vivir entre paredes de una casa debilitó su organismo (el de los indios) acostumbrado a la vida al aire libre, expuesta a todas las intemperies de un clima constantemente frío y rígido».

-¿Los Menéndez acabaron con los indios selk'nam?

-Doy más crédito a los testimonios de Fagnano y de Beauvoir que a los que dejaron escritos los salesianos de la siguiente generación. El Prefecto Apostólico fue testigo de los años del genocidio, pero no hay que olvidar que todo cuanto escribió a favor de los indios tenía un claro objetivo: reivindicar su propia labor como misionero.

Lo único claro es que ya no hay indios selk'nam. Murieron todos en los mismos años en que José Menéndez reinaba en la Patagonia.

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